ALFONS GARCIA VALENCIA
Lluís Pasqual (Reus, 1951) recordaba ayer con cierta envidia como cuando fue director del Teatro del Odeón en París era el noveno en la línea de sucesión de la presidencia de la República francesa. Cuestión de respeto hacia las artes escénicas. El director teatral, cuya biografía abruma -fundador del Teatre Lliure, ex director del Centro Dramático Nacional de España...-, ofreció ayer en Valencia la conferencia inaugural del I Congrés sobre la Dramatúrgia Europea y lanzó un mensaje de contención ante "tanta creación aplicada a dirección teatral". "Hace falta humildad", declaró a Levante-EMV. "Se ha malgastado la palabra creador. Son tan pocos los que tienen algo nuevo que decir. Nosotros sólo somos intérpretes".
Pasqual define su trabajo como el de una "celestina": "Fabrico la cama para que otros [actor y espectador] hagan el amor". Él, asegura, "no tiene nada a explicar", sino que "lo toma de otro".
En esa línea de humildad, el director carga de relevancia -y responsabilidad- la figura del actor. "Puede convertir cualquier texto revolucionario en reaccionario", dice. "Si un chiste puede hacer reir o no depende de quien lo explique, imagine la carga de uno mismo que se puede poner en una frase. Un actor representa al autor y lo puede falsificar", explica.
Pero, a lo que veníamos, ¿existe un teatro europeo? "Existe una poética del teatro europeo. Ha sido siempre una tribuna donde se debaten problemas morales y eso nos une a todos". Pero Pasqual no cree en el que llama "teatro de festivales", de poco texto y mucha fanfarria y espectáculo, pensado para que sirva para distintos países. Prefiere el teatro de la palabra.
El director se trajo ayer una maleta de optimismo. Los buenos resultados de asistencia al teatro del último año los atribuye a que la gente vive rodeada de pantallas (en el trabajo, en casaÉ) "y recibe un reflejo en el que no se reconoce completamente. Piensa que es algo más" y el teatro da la posibilidad de encontrar referencias del mismo tamaño.
En especial, las salas pequeñas: "La gente no se cree los teatros a la italiana, con textos muy estructurados y actores impostando. De repente, las salas más pequeñas hacen que el actor sea visto más de cerca y sea mucho más creíble".
Cataluña y Valencia, tan cerca y tan lejos en cuestiones escénicas. ¿Razones? "No lo sé. El teatro está hecho de circuitos y compañías. Siempre son motivos económicos y, por lo tanto, políticos".
Pasqual defiende que el teatro público ha de arrastrar del privado, tener niveles de autoexigencia muy altos, y mirar hacia afuera, buscando "lo que la gente necesita aunque no sepa decirlo".