Obras de Rossini y Beethoven
Palau de la Música (valencia)
Dir. Giovanni Antonini. Int. Vesselina Kasarova (contralto) y Orquesta de Cámara de Basilea.
Siendo enorme, el triunfo obtenido por todos los participantes en este concierto se quedó corto. En las notas al programa, Arturo Reverter afirmaba la inexistencia en la actualidad de contraltos coloratura como aquellas para las que Rossini creó algunas de sus más celebradas páginas. Asunto tan discutible como estéril su discusión no quedando nadie que las oyera, más probable se antoja que, de haber tenido la oportunidad, el genio de Pesaro no habría dejado pasar la ocasión de componer para una voz como la de la búlgara Vesselina Kasarova (Stara Zagora, 1965). Tampoco parece concebible bajo qué circunstancias Giovanni Antonini (Milán, 1965) y los miembros de la Orquesta de Cámara de Basilea dejarían de ser músicos muy aprovechables.
Todo resultó, sin excepción, gustosísimo. Sobre todo por su frescura.
Kasarova deslumbró en todos los aspectos por los que se la pudo juzgar. Quizá con el descomunal volumen como el menos importante y aparte la belleza del timbre, lo que más admiró en esta voz fueron por un lado la insondable extensión del registro grave unida a una agilidad felina para dar cuenta de las más tremebundas coloraturas sin que ni por lo más mínimo se tuviera siquiera un indicio de estar rozando los límites y por otro la musicalidad para, sin decorado ni ningún otro contexto, impartir una magistral lección de canto rossiniano.
Tanto el director como la orquesta (el primero también como intérprete de flauta de pico) gozan de un tan largo como brillante historial en el Palau. En concreto, tras la «Heroica» y (con la Orquesta de Cámara Suiza) la Quinta, esta Séptima prolonga lo que ojalá acabe por ser un ciclo beethoveniano completo de Antonini. Fue otra maravilla de originalidad no sólo por la condición de los instrumentos empleados, sino por la pareja fidelidad con que se trataron la letra y el espíritu de la exultante partitura. Fue sólo un detalle entre muchos citables, pero por fin haber oído los dos últimos compases del Allegretto tal como fueron escritos produjo un placer tanto mayor por lo raro.