Al azar

No perdono a Woods que pidiera perdón

 

Matías Vallés

L
as películas americanas de éxito siempre incluyen una redención. Para justificarla, a menudo hay que multiplicar el poder destructivo del descarriado arrepentido. Por tanto, la melodramática confesión de Tiger Woods se ajusta al guión, pero no le perdono que pidiera perdón, porque apela de nuevo a una posición que le sitúa por encima de sus semejantes, y lo hace por triplicado. Había que aplaudir al deportista triunfal -aceptando que el golf sea un deporte-, a continuación había que humillarse ante el don juan irresistible, y ahora hemos de seguir la senda del padre de familia ejemplar.
Woods siempre acierta. Se parece a quienes te obligan a fumar cuando ellos fuman, y a abandonar el vicio en el mismo instante en que reniegan del tabaco. Los críticos del golfista no han detectado sombra de cinismo en su arrepentimiento, y se rinden ante su sinceridad. Se equivocan, porque la convicción agrava su comportamiento, al transformarlo en un modelo. Si se hubiera limitado a elegir la solución menos traumática económicamente, tendría una mínima disculpa.
Es inadmisible que se presente como un padre de familia que ha desatendido excepcionalmente sus compromisos hogareños. "Sólo pensaba en mí mismo", sentencia sin darse cuenta de que reincide en el mismo pecado.
Tampoco creo a quienes se sienten desarbolados por el despliegue emocional de Woods. No jalean su sinceridad, porque no habrían derramado lágrimas si hubiera declarado -con idéntico respeto a la verdad- que no deseaba escapar a sus pulsiones sexuales, que pensaba seguir disfrutando de los placeres ocasionales que le dispensara la vida, y que abriría una página en Facebook para confeccionar una lista de sus futuras amantes. Se premia el final feliz, en un nuevo triunfo de quienes predican la castidad para combatir el sida.
La emoción colectiva por la redención de Woods convierte en réprobos a quienes no practican su modelo de falsa familia, cohesionada tan sólo por millones de dólares en patrocinios comerciales. Ni siquiera las feministas respaldarán a sus innumerables amantes, porque a nadie importa la felicidad de mujeres anónimas, frente a la rehabilitación del héroe.
Cómo no expresar la solidaridad con la actriz que interrumpió su fulgurante ascenso en el cine pornográfico, para entregar sus habilidades a un golfista desagradecido.

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