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n 1972 Valencia era un desierto donde apenas había lugar para las artes plásticas. Ese año Amparo Zaragoza y Miguel Agrait decidieron abrir una galería en Valencia, Galería Punto. Se hallaba en el primer piso del número de la avenida Barón de Cárcer. Años más tarde descendió a la planta baja del mismo inmueble, donde continúa con su oferta expositiva, ahora de la mano de sus hijos Miguel y Nacho.
Amparo y Miguel estaban infectados por el virus del arte, un virus contra el que no hay vacuna ni un tratamiento especifico. Habían entrado en el cosmos del coleccionismo, situación que ha llevado con frecuencia a convertirse en galerista. Su amistad con Vicente Aguilera Cerni fue decisiva para establecer los parámetros sobre los que debería moverse la galería. Así las cosas, en medio del desierto, Galería Punto se convirtió en lugar insoslayable para el encuentro con el arte contemporáneo. Obras de artistas como Picasso, Julio González, Erró, Miró, Tàpies, etcétera, pudieron ser admiradas en su salas. Durante su trayectoria, no olvidó la promoción de los artistas valencianos, con exposiciones y con ediciones de obra gráfica, como es el caso de Equipo Crónica, Josep Renau o Equipo Realidad. Una promoción que no ha cesado con el tiempo, y en la que no ha faltado la permanente búsqueda de nuevos valores.
Para completar el conjunto de objetivos de Galería Punto, habrá que hablar de su vocación internacional. Proyectarse más allá de nuestras fronteras ha constituido una de sus más evidentes razones de ser. Lo demuestras su reiterada asistencia a las ferias de París, Basilea, Frankfurt, Miami y alguna más. Su continuada presencia en la FIAC le condujo a ser distinguida por el ayuntamiento de la capital de Francia. Participó en la fundación de ARCO y fue influyente en el devenir del certamen madrileño.
Miguel Agrait nos ha dejado, a sus ochenta de edad, casi cuarenta años ejerciendo la profesión en la que tanto se implicó. Su adiós ha sido breve, quizá para no molestar, siempre con buen humor frente a todas las crisis. Así quiero recordarlo, colgando los cuadros de una exposición -hasta hace muy poco todavía lo hacía- y rodeado de sus nietos, tan niño como sabía ser con los niños. Allá donde hayas ido, te supongo montando otro tinglado relacionado con el arte. Pero, descansa, Miguel, descansa.