A. G. VALENCIA
El Teatro Real de Madrid estrena hoy la última obra del compositor valenciano Vicente Martin i Soler, L'arbore di Diana, en una coproducción con el Liceu de Barcelona inspirada en el mito de Diana y Endimión y con un peculiar vestuario, que recuerda al del manga japonés.
El montaje no tiene nada que ver con la producción propia de esta obra que el Palau de les Arts subió a escena en diciembre de 2008. La razón es que el coliseo valenciano pensó en L'arbore di Diana para la inauguración escénica del teatro Martin i Soler, la sala pequeña del complejo, con una capacidad que ronda las 400 plazas.
Por su parte, el proyecto del Liceu y el Real -ya en marcha cuando la ópera valenciana presentó sus representaciones- está ideado para grandes escenarios. Una de las razones, según argumentó la intendente del Palau, Helga Schmidt, en su momento, es que el teatro barcelonés sólo cuenta con un espacio de estas dimensiones.
Pero al margen de explicaciones técnicas, lo cierto es que los espectadores del Real -y los del Liceu en el otoño pasado- podrán ver un montaje de Martin i Soler a lo grande, en la sala principal del recinto.
Esta opción contradice la posición que ha mantenido hasta ahora el Palau de les Arts con respecto a Martin i Soler (Valencia, 1754 - San Petersburgo, 1806). Tanto L'arbore di Diana como la reciente Una cosa rara se han producido para la sala menor. Schmidt fundamenta esta decisión en el "respeto" al compositor, que pensó estas obras para teatros de reducidas dimensiones.
Así pues, en poco más de un año -y en tiempos de crisis- los tres grandes espacios actuales de la ópera han puesto en escena dos producciones diferentes de L'arbore di Diana.
Los principales responsables del montaje del Real y el Liceu son Francisco Negrín como director de escena y Ottavio Dantone en la batuta. Es la misma pareja que firmó Una cosa rara en el Palau de les Arts. Una concomitancia más.
L'arbore di Diana, realizada junto al libretista Lorenzo Da Ponte -colaborador de Mozart y Salieri-, fue un éxito desde su estreno en Viena en 1787, donde llegó a ser la obra más representada durante cuatro años. Negrín justifica la estética manga japonés porque es "sexy y surrealista".