Buen final de fiesta en Dansa València. Me refiero a la presencia del grupo Corpo (Brasil). Su personalidad, la que le han dado coreógrafos como Rodrigo Pederneiras a lo largo ya de 35 años, ha vuelto a irradiar en el escenario del Principal. A irradiar y a gustar su vasto vocabulario de movimientos y una escritura coreográfica singular basada en la fusión de la técnica clásica con los bailes y ritmos de la calle brasileña. La compañía ha presentado dos programas clásicos de su repertorio: Bach y Parabelo.
La primera es de 1996, una coreografía que baila la música del compositor del mismo nombre con arreglos de Guimarâes. En ella se busca poner en diálogo los elementos barrocos para mostrar el sentido de la liviandad, de lo aéreo. Y vaya si lo consigue. Nos descubre el secreto del movimiento, el juego de los empeines hace que el motor corporal se desplace a lo largo y ancho de una planimetría casi perfecta. Un flujo continuo. La arquitectura de la vida.
Perfecta, pero también repleta de frescura y de buenas ideas, como los tubos colgados del techo que sirven a los bailarines volar en dos dimensiones, en el suelo, y colgados. Sorprendente la atmósfera carnal, terrenal, la imágenes cinéticas, las infinitas contorsiones controladas que, de repente, rompen la regularidad de la geometría. Un trabajo en general, para mi gusto, más imponente y seductor que el de la segunda parte.
Para mi gusto, porque el gusto general no podía tampoco evitar dejarse seducir, no respirar, por Parabelo (1997), ahora pasando desde instantes más místicos, estoicos, para acabar en una detonación de movimiento y color, en una danza liberada. Una sucesión de líneas y cánones que extasían a partir de las células musicales de Tom Zé y José M. Wisnik, quien recrea la música de las regiones del nordeste brasileño. Impecable cuerpo de baile. Bellísima energía.