Melody Gardot
palau de la música (valencia)
Nadie que fuera al concierto de la pasada noche en el Palau de la Música y desconociera la historia que hay detrás de la cantante americana diría que Melody Gardot es una vocalista accidental. No tanto ya por sus virtudes como intérprete, que las tiene, en forma, por ejemplo, de una voz profunda y bien modulada o una afinación más que correcta. Sino, más bien, por un dominio absoluto del escenario y del tempo del show. La Gardot sabe venderse muy bien, ha conseguido una soberbia imagen de femme fatale y se ha aprendido todos los truquillos de la profesión; desde como jugar con el micro y la amplificación a como meterse al respetable en el bolsillo con un par de sensuales guiños. Y el caso es que la chica no lo hace nada mal. Su repertorio no es el mejor, su banda es mejorable (caen a menudo en el cliché y el aplauso fácil) y, aunque canta muy bien, su registro es poco variado. Sin embargo, la sensación global de la de un espectáculo bien trabajado con algunas pinceladas de calidad. Por ejemplo: su scat, que es realmente bueno. Alguna vez le oí decir en una entrevista que silabear notas musicales fue de las primeras cosas que hizo cuando comenzó su rehabilitación. Sea como fuere, es una suerte en la que sobresale.
Sin embargo, lo mejor de la noche llegó al final, cuando la Gardot se paseó un poco por el repertorio clásico, haciendo una buena versión de Caravan, incluyendo una imitación de la trompeta de Gillespie, un curioso medley de Summertime y Fever (una canción que le va como anillo al dedo, todo sea dicho) y rematando con uno de sus fetiches: Over the Rainbow; acompañada por un chelo empleado a modo de guitarra. Incluso se permitió el lujo de ofrecer un blues a capella. Ahí se demostró que esta cantante tiene potencial. Veremos si lo aprovecha.