¿Quien teme a Vargas Llosa?

 

Matías Vallés

El Nobel a Mario Vargas Llosa es merecido sin necesidad de recurrir al sarcasmo de Guillermo Cabrera Infante cuando el galardón recayó en Camilo José Cela, "son tal para cual". En términos geopolíticos, el elegido confirma la inversión de la deriva radical -Fo, Saramago, Pinter, Jelinek- que resquebrajó la Academia sueca y forzó dimisiones en su seno. Vuelve la gente de orden, en la figura de un novelista más absoluto que extraordinario. El recuento de la obra de ficción del escritor peruano certifica un reconocimiento tardío de Estocolmo. En cambio, su insípida tarea ensayística lo alejaría de cualquier palmarés.
Vargas Llosa consolida el Nobel cuando escribe La fiesta del chivo, que necesitará la perspectiva de décadas para erigirse en la culminación de un clasicismo que ahora se extingue. Conjugando el autor prolífico con el lector arbitrario, se pueden destacar dos obras que no figurarán en todas las listas. De un lado, la monumental La guerra del fin del mundo. En el terreno de la orfebrería, el escatológico Elogio de la madrastra. En cambio, Travesuras de la niña mala o su Palomino Molero solo se justifican porque el novelista no admite que ningún criterio ajeno sobrevuele su magisterio, y le señale que un genio no se caracteriza por producir únicamente obras geniales, sino por seleccionarlas con tino.
Dado que se festeja la concesión de un premio y no un fallecimiento, no es obligatorio hacer un delibes. La dimensión literaria de Vargas Llosa se perfecciona con la proyección intelectual, avalada en su reconocimiento como el único español -convirtió su pasaporte en un acto público- con un hueco entre los cien pensadores más destacados del planeta, según la relación que confeccionan las revistas Prospect y Foreign Policy. En efecto, la misma que ha consagrado a Aznar como uno de los cinco peores ex gobernantes de la historia.
Indiscutible e indisputable en lo literario, llegamos así a los problemas con la erudición de Vargas Llosa, al debate entre creador y personaje. El último ejemplo acreditado se recoge en las memorias de Lady Antonia Fraser, viuda precisamente del nobel Harold Pinter. La historiadora cuenta en Must you go? que coincidió con el escritor sudamericano en una cena. Vargas Llosa ensalzó sin tasa al esposo de su vecina de mesa, y celebró en especial su drama ¿Quién teme a Virginia Woolf?, que cuenta con el pequeño inconveniente de haber sido escrito por Edward Albee. La escritora inglesa añade que soslayó el pinteresco desliz y no corrigió a su interlocutor, porque estaba cautivada por su atractivo físico.
El nobel peruano domina el idioma francés, lo cual le permitió leer Las benévolas antes que nadie. Dedicó a la novela de Littell un caudaloso artículo, con la particularidad de que creía que el título Les bienveillantes era masculino, suscitando alguna duda sobre su comprensión de las 900 páginas restantes. No importa, porque se deshacía en elogios hacia el impresionante fresco del nazismo.
Vargas Llosa vio en Littell a un heredero, en la construcción de la novela como un bastión libérrimo que jamás debe explicarse ni disculparse. Tal vez no se mostrará tan generoso en prohijar a Roberto Bolaño, que ha conmocionado póstumamente a los lectores anglosajones después de abominar de los escritores del primer boom. La relación más cargada emocionalmente del autor de Pantaleón y las visitadoras le unió y le desunió a Julio Cortázar.
El pasado nueve de agosto cumplía ochenta años Carmen Balcells. Con tal motivo se reunieron en Barcelona sus ilustres representados. Recordaron el día en que tres escritores emergentes -Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa y Carlos Fuentes- se confabularon para persuadir a la catalana de que se convirtiera en su agente literaria, porque odiaban que su edición en el mercado español fuera intermediada por estadounidenses.
Dos meses después de la fiesta de cumpleaños, Balcells corona al segundo Nobel entre los autores que la iniciaron como agente. Es una mujer poco dotada para el asombro, pero el premio sueco no habrá sorprendido a Vargas Llosa porque, como me decía años atrás Alfredo Bryce Echenique, "se ha autoproclamado el próximo Nobel en castellano". Misión cumplida.

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