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Mario, la naftalina y el poeta sueco

 

Luis M. Alonso

Hace algo más de un año, Mario Vargas Llosa, harto de reproches por la demora del Nobel, le recomendó a una amiga que guardase con naftalina el vestido que tenía preparado para asistir a la ceremonia de Estocolmo. «Me reprenden por no haberlo ganado», confesó en una entrevista. Ahora, la amiga del autor de algunas de las mejores novelas escritas en español del siglo XX ya puede desempolvar el vestido, probárselo por si hay que sacar de sisa y aprovechar la naftalina para otra espera.
Vargas Llosa venía expresando una comprensible desconfianza ante la posibilidad de ser tenido algún día en cuenta por la sectaria y caprichosa nomenclatura sueca. De hecho, el jueves en Nueva York, cuando le comunicaron el anuncio oficial de la Academia, admitió que en un primer momento había pensado que se trataba de una broma.
La desconfianza resulta más que razonable en el caso de Vargas Llosa, dado que es un escritor leído y aclamado por sus lectores y la crítica, y escribe, a su vez, en una de las lenguas más habladas del mundo; no lo hace en suajili, urdu o islandés. La suya no es una literatura acongojante o plúmbea, ni tiene un perfil de los considerados políticamente correctos por los Artur Lundkvist de este mundo, aunque tampoco se le podría encasillar en el papel de outsider. Los precedentes son, además, pánicos. Sólo hay que pensar en cuántas amigas de cuántos magníficos escritores se habrían cansado de comprar bolas de naftalina para evitar el apolillamiento de sus vestidos. Acuérdense de Kafka, Tolstoi, Joyce y Borges y tendrán cuatro olvidos injustificables de la Academia sueca.
El caso de Borges, siendo de los últimos, es de los más llamativos. Vargas Llosa lo recordaba ahora al expresar cierto sonrojo por recibir el premio que nunca había obtenido el gran escritor argentino. Pero para traer a Borges a colación hay que hacerlo también con Lundkvist. Para quienes no hayan oído hablar de él, Artur Lundkvist era un poeta sueco, aunque también practicó otros géneros literarios con menos éxito, que murió en 1991. Admirado en su país, hombre de izquierda, desde 1968 fue miembro muy influyente del jurado de la Academia y probablemente ya en ese momento se la tenía jurada al autor de Ficciones. Según contó María Esther Vázquez, biógrafa de Borges, éste habría acompañado en 1964 en una cena a otros escritores suecos, donde uno de los invitados leyó un poema que luego el argentino se dedicó a ridiculizar por lo bajo junto a algunos comensales. El poema era de Lundkvist, que se enteró de todo lo que había pasado.
No se lo perdonó. «De origen campesino le inquietaba profundamente el tono irónico», explicaría más tarde Vázquez. Lundkvist había sido el introductor de la obra poética de Borges en Suecia y después se convirtió en secretario permanente de la Academia de los Nobel. No hay que dudar de su influencia en las decisiones, ya que, además, de la admiración que le profesaban otros miembros, era el especialista del jurado en literatura hispanoamericana. De Borges le gustaba su poesía, pero la prosa le resultaba demasiado complicada y oscura. Otras versiones más extendidas hablan de un ajuste de cuentas por haber recibido en 1976 de Pinochet, en Santiago de Chile, el doctorado honoris causa, pero en cualquier caso en todas las hipótesis aparece Lundkvist.
Vargas Llosa, autor de ingenios literarios tan potentes como Conversación en La Catedral, La guerra del fin del mundo y La fiesta del chivo, sólo por citar tres de sus más grandes novelas entre una vasta obra que abarca también ensayo, teatro y periodismo, engrandecerá el Nobel de Literatura, devaluado por las intrigas y los golpes bajos de la política. De hecho, producen vértigo las oscilaciones de estos días en las listas de apuestas de la casa británica Ladbrokes, que encabezaba Cormac McCarthy seguido del poeta sueco Tomas Tranströmer, el surcoreano Ko Un y el sirio Adonis, y de la que se habían descolgado en las últimas nada menos que el petardo de Murakami y el keniano Ngugi wa Thiong´o, que, según informaciones, había perdido algo de fuelle.
Y por fin, ya era hora, un escritor. Un grandísimo escritor.

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