ALFREDO BROTONS MUÑOZ
Temporada de abono
palau de la música
Int: Vasko Vassilev (violín), Juan Antonio Ramírez (saxofón), Pamela Nicholson (piano), Solistas del Covent Garden y Solistas de la Sinfónica del Mediterráneo. Director: Juan Antonio Ramírez. Obras de Glazunov, Mendelssohn, Valero-Castells, Prieto, Turina, Rodrigo y Falla. 3 de noviembre.
Hace tiempo que Juan Antonio Ramírez merecía entrar en el programa de abono de la Iturbi. Lo ha hecho por fin, y con paso muy firme. El programa, largo y variado, ameno e instructivo, sólo no pudo gustar a los que sólo gustan de lo que saben tararear desde la infancia. El programa revelaba inteligencia, es decir, gusto y sentido pedagógico.
Ramírez inició cada parte como solista de saxofón. En la primera ofreció una preciosa versión del Concierto para saxofón de Glazunov, de una densidad estructural y formal tan rara como oculta tras su vistosa superficie. No menos cautivó con la orquestación del Romance de Andrés Valero-Castells, una página en origen juvenil, a ratos minimalista, con un punto naïf, encantadora. La madurez de un gran compositor vivo la representó el Adagio de la Frühbeck-Symphonie, de Claudio Prieto, en su redacción para orquesta de cuerdas. Ambos autores recogieron desde el estrado los calurosos aplausos.
De dos grandes nombres de la historia de la música, Mendelssohn y Rodrigo, se oyeron sendas obras muy infrecuentes. En el Concierto para violín y piano del primero, Vasko Vassilev y Pamela Nicholson coincidieron entre sí y con el director en una unanimidad de concepto que pasaba por un empleo muy generoso del rubato. Los tres y la orquesta mixta se convirtieron en abogados ideales de la inclusión de este concierto en el repertorio habitual.
Las Dos miniaturas andaluzas de Rodrigo y la Pantomima, y la Danza ritual del fuego de El amor brujo de Falla, ambas fechadas en 1929, resultaron deliciosas en su contraste. Un punto menos de satisfacción había producido una Oración del torero de Turina cuyo pasodoble se tomó a un paso demasiado rápido como para dar cabida al presentimiento de la tragedia con la debida hondura.
Antes del descanso, Vassilev y Henderson añadieron Vudú, de la segunda. Al final, Fados de Piazzolla dejó con el mejor sabor de boca.