ALFONS GARCIA VALENCIA
Un pleno de veinte minutos sirvió ayer de despedida a los nueve miembros del Consell Valencià de Cultura (CVC) que dejan el cargo. El cónclave pudo ser más corto de no ser por que se incluyó a última hora un informe (a favor de la declaración como bien de interés cultural inmaterial de la tamborada de Alzira y La rompida de l'Alcora) y los consejeros salientes se decidieron a decir unas palabras de adiós una vez que el presidente, Santiago Grisolía, había levantado ya la sesión. Fue entonces cuando la reunión ganó sustancia, con diversas alusiones a la vigencia de la institución, cuestionada por la entrada de una mayoría de miembros de perfil más político que cultural (Vicente Farnós, Martín Quirós, Pepa Frau, Ana Noguera o Vicente González Móstoles).
Uno de los que se queda, el hasta ahora vicepresidente del CVC, Ramón de Soto (designado por el PP), fue el que entró en la polémica con más claridad al afirmar que desconoce si el nuevo consejo "va a ser cualitativamente diferente", pero "voy a echar de menos la visión universitaria en el tratamiento de los temas", precisó. "Intentaremos compensarlo, porque muy pocos son universitarios en la nueva composición", sentenció. De los nueve que salen (Juan Antonio Montesinos, Rosa María Rodríguez Magda, José María Morera, Isabel Ríos, Isabel Morant, Manuel Sanchis Guarner, Ramon Lapiedra, Vicent Àlvarez y Carmen Morenilla), la gran mayoría son profesores en las universidades públicas.
La postura de De Soto (escultor y decano de la Facultad de Bellas Artes de Altea) choca con la ya manifestada por Grisolía, quien ha restado importancia a la introducción de excargos políticos que necesitaban ser reubicados por sus partidos. El presidente manifestó ayer mismo a los periodistas que no estaba de acuerdo con el vicepresidente. "La política existe en todas partes", también en las universidades, dijo. Y defendió "la experiencia y capacidad ejecutiva" de los nombrados, como Noguera o Frau -se refirió a ella como exalcaldesa de Alzira (lo ha sido de Gandia)-, aunque reconoció no conocerlos a todos.
Grisolía (Valencia, 1923) aseguró que "la intención" es que continúe en la presidencia y que piensa seguir "hasta que aparezca algún síntoma de Alzheimer", bromeó.
El veterano científico calificó de "muy positiva" la etapa que se cierra y aseguró que el CVC se ha ganado "la autoridad moral e intelectual". Grisolía, que dijo compartir con los jóvenes indignados la reivindicación de las listas abiertas, confía en su capacidad de "armonizar" a diferentes personas para evitar que la crispación política se traslade a la institución.
Los miembros del CVC que dejan el cargo -el que menos después de siete años y los que más, tras 16- defendieron la importancia de la institución. "No es verdad que no se haga nada y que se hagan siempre dictámenes en interés del Ejecutivo", afirmó el exrector de la Universitat de València Ramon Lapiedra. Se tienen que cambiar algunas cosas, dijo, pero "ha de continuar existiendo".
Los consejeros salientes se acordaron también de dos asuntos que les han quedado sobre la mesa sin resolver: la intervención en el barrio valenciano del Cabanyal, sobre la que ha quedado pendiente un informe, y el proyecto de implantación del trilingüismo en la enseñanza a costa de los programas de educación en valenciano. Lapiedra pidió que no se olviden.
En defensa de Paz Olmos en el San Pío V
Si a los obispos no se les exige santidad, Santiago Grisolía no entiende que al director de un museo se le exija ser un experto investigador. Lo dijo al referirse sobre la designación de la exdirectora general de Patrimonio Cultural, Paz Olmos, como directora estable del Museo de Bellas Artes de Valencia San Pío V. El presidente del CVC ve el nombramiento "correcto", en contra de lo que opinan cientos de profesionales del arte, que han firmado un texto crítico con la decisión, la cual no cumple tampoco el precepto de producirse tras un concurso de méritos, que no ya internacional, como sucede en otros lugares. Pero Grisolía argumentó ayer ante la prensa que Olmos "conoce el museo, tiene capacidad administrativa y es muy trabajadora". Lo fundamental, en su opinión, para dirigir una pinacoteca es "ser un buen administrador". Para compras o exposiciones, dijo, lo que hay que hacer es rodearse de "un buen patronato de artistas". Grisolía reconoció además la dificultad de gobernar un museo "con dos amos".