La Thatcher por la Streep

 

Estreno. "La Dama de Hierro", protagonizada por Meryl Streep, llega a las pantallas. El filme refleja los años decrépitos de una de las mujeres más poderosas de su tiempo.

EDUARDO GALÁN VALENCIA
En una escena de Buen viaje, excelencia (Albert Boadella, 2003), un Franco decrépito arrastra los pies, babea y saluda a sus pajaricos enjaulados, "¡Hola, mis legionarios!". Se ocupaba Boadella de delimitar su trabajo a la ancianidad demente del dictador.
La Dama de Hierro, de Phillyda Lloyd, opta por un punto de partida similar (una figura de gran poder que desaparece del primer plano y cae en la demencia senil), pero con un desarrollo muy diferente. Utiliza a la Margaret Thatcher anciana, beatífica por la desmemoria, al recorrer su biografía desde sus inicios como dependienta de la tienda de su padre hasta la amarga retirada de la política en 1990.
Rodada con (británico) afán teatral y (británica) corrección formal, su ansia por narrar todos los hitos de la vida de su santa es tan insaciable que impide que el metraje cale en el espectador. Así, sus (demasiados) capítulos son atacados casi siempre de manera superficial y Meryl Streep se queda como la única baza con la que se cuenta. A partir de su increíble parecido con la exministra conservadora, la actriz explota, maquillaje y pelucas mediante, la mímesis completa con la retratada. Esta decisión interpretativa despoja de matices al personaje, pero, en cambio, coloca a la Streep en el listado de candidatas a los Oscar. A pesar de lo dedicado de su papel, uno no puede evitar admirar con mayor reverencia el riesgo que Todd Haynes asumió en I'm not there cuando colocó a cinco actores en la piel de Bob Dylan.
Finalmente, lo enervante de La Dama de Hierro es que su afición por acumular estampitas de la Thatcher termina recalificando a su protagonista, convirtiéndola en una esforzada y muy liviana testigo de la caída del comunismo que, a un tiempo, fue una luchadora (inconsciente) por los derechos de las mujeres, una madre regulera y una amantísima esposa. Como propuso Boadella con su Buenos días, excelencia, hubiera sido más provechoso que el filme de Phyllida Lloyd hubiese huido de los maquillajes de Meryl Streep y hubiese abordado profundidades y contradicciones de Margaret Thatcher que aquí aparecen de soslayo o no se nombran. ¿Qué papel jugó en la guerra de las Malvinas, más allá de enviar cartas a las familias de los caídos británicos? ¿Cómo eran sus relaciones con la Sudáfrica del apartheid, más allá de que en ese país trabajaba su hijo? ¿Adónde se ha evaporado su bella amistad con el dictador Augusto Pinochet?...

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