Don Benito, gloria y mendigo

Los cronistas de la época coinciden en señalar que nadie supo reflejar la realidad de España como lo hizo el autor de los "Episodios Nacionales"

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Pérez Galdós junto a la estatua que le realizó Victorio Macho en el Parque del Retiro.
Pérez Galdós junto a la estatua que le realizó Victorio Macho en el Parque del Retiro.  juan carlos catro

ALEJANDRO ZABALETA VALENCIA En 1920 fallecía Pérez Galdós en Madrid a los 76 años. El novelista gozó en vida del respeto y la admiración de las generaciones de escritores que sucedieron a la suya, pero a aquellas alturas, en el barullo de literatos bohemios, el anciano don Benito, ciego y replegado bajo su manta, había llegado a ser como un mueble de otra época, una venerable y castiza institución ajena ya a las convulsiones y vaivenes literarios del momento. Tres jóvenes escritores de entonces consignaron sus impresiones sobre este último Galdós, el sonoro acontecimiento social de su fallecimiento y el culto que muy pronto generaría su figura.
Federico Carlos Sainz de Robles, en su libro Raros y olvidados, recuerda las peregrinaciones de los alevines de escritores a la casa del autor de Fortunata y Jacinta. Otro de aquellos jóvenes admiradores, el que llevó por primera vez a Sainz de Robles al domicilio de Galdós, previo aleccionamiento. "Emiliano Ramírez Ángel, un día de noviembre de 1918, me llevó a conocer personalmente a mi ídolo don Benito, para que pudiera oírle y estrecharle la mano. Previamente me puso en antecedentes de lo que podía hablar y debía callar en presencia del genial novelista".
Rafael Cansinos Assens, en la monumental La novela de un literato también rememora aquellas visitas un tanto incomodantes. "Casi no salía de casa y allí iban a rodearlo sus admiradores y una legión de reporteros noveles que le hacían entrevistas y se retrataban con él. La visita a Galdós era como un rito cotidiano, al que la costumbre quitaba reverencia. Aquellos muchachos le encendían la pipa al maestro ciego, le arropaban bien con la manta, cuando ésta resbalaba de sus rodillas; pero también le interpelaban, lo mareaban con tanto agasajo. A veces, su hija tenía que intervenir para que no molestasen al viejo, que solía quedarse amodorrado, comatoso, impasible como su estatua", escribe.
De la tenue luz que ya arrojaba Galdós en el panorama literario de esa época da cuenta con bastante crudeza Cansinos. "No era ya hacía mucho tiempo una actualidad palpitante. Sus ruidosos éxitos -Electra, Doña Perfecta- habían pasado ya a la historia. Sus libros no levantaban polvareda. Casi sólo sabía de él el público por las crónicas de los periódicos, que describían su indigencia y abrían suscripciones públicas para socorrerlo. En las revistas ilustradas su figura aparecía como la de un inválido, sentado en un gran sillón, con gafas negras, ocultando la otra tiniebla de sus ojos, tal como Victorio Macho lo ha representado en su monumento del Retiro".
El fallecimiento del escritor fue todo un acontecimiento social en la época, un petardazo que contrastó con la recogida sencillez que caracterizó los últimos días del novelista. "Mis amigos me hablan de la serenidad con que el muerto reposa, de los escritores jóvenes que invaden la cámara mortuoria, de la mascarilla que han sacado de su efigie algunos escultores. La calle Hilarión Eslava, a la que acuden políticos, periodistas, altas personalidades de todas las esferas, presenta una animación verbenera y ante ese desfile de personajes y ese estacionamiento de coches y autos oficiales y particulares, los vecinos se dan cuenta de quién era ese hombre modesto y sencillo que alguna vez veían pasar", relata un Cansinos que acaba condensando la paradójica condición del Galdós otoñal. "Sea como fuere, don Benito era una gloria y un mendigo nacionales. Y muere en la miseria, lo de siempre. ¡Pobre, con toda verdad, don Benito!".
Algunos años después la intrepidez y el descaro vanguardista llevarían al joven César González-Ruano a realizar un extensa entrevista a la estatua de Galdós que acoge el Retiro y que inauguró el propio escritor en 1919. El lírico articulista se mostró siempre orgulloso de aquel hito inédito en el periodismo patrio. "Varios temas de interpretación española me invitaban a preguntar a la piedra humanizada. Creo que fueron aquellas páginas de las menos desafortunadas que de mi pluma salieron" dejó escrito.
En 1932, coincidiendo con los doce años de la muerte del autor de Trafalgar, Ruano recordaba el ritual que se repetía cada 4 de enero para homenajear al maestro. "Como todos los años, en la plazoleta del Retiro donde se levanta su estatua se han reunido hoy los amigos de Galdós y aun, como ayer decía alguien, 'los enemigos de Galdós', aquellos indiscretos que nada tienen que ver con el novelista y que le echan flores y gerundios. Han faltado algunos de estos habituales y Eduardo Marquina leerá unas poesías compuestas expresamente para" esta fecha.
González-Ruano considera la importante proyección que aguarda a la obra de Galdós. "Nadie ha continuado la gran obra galdosiana de la Historia de España. La obra gigantesca que don Benito Pérez Galdós salva en los Episodios nacionales, interpretando más de un siglo de expresiva vida española, la hace ocupar un primer puesto, que no es fácil le haga perder el tiempo en la literatura nacional", afirma.
También asegura que un Madrid pasado ha quedado conformado en la imaginación de la gente de acuerdo al impresionante fresco que logró Galdós en su novelística. "Doce años de la muerte de Galdós, Muchos más de aquel Madrid que ya tiene calidad de estampa y que se puede llamar con justeza Madrid galdosiano. De un Madrid de hastío nacional en el baccarat turnado de los partidos de Cánovas y Sagasta. Madrid del gas; de nuestras abuelas, del noviazgo de nuestros padres jugando al ajedrez; del último rey de quien las niñas cantaban aquella canción de la reina Mercedes, a la que llevaban muerta cuatro duques por las calles de Madrid", finaliza Ruano. No le faltaron precisamente a Galdós, ya desde el principio, buenos prosistas que elogiaran su obra.

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