ANTONIO GASCÓ
CASTELLÓ
Obras de Cano y Bruckner
Auditori i Palau de Congressos (Castelló)
Orquesta de la Comunidad Valenciana, Director: Zubin Mehta
La filarmonía castellonense aceptó con cálidas ovaciones el concierto para orquesta de César Cano que fue encargado por la Sociedad Filarmónica y que anteanoche estrenó en el Auditorio, la Orquesta de la Comunidad dirigida por Zubin Mehta.
La obra de Cano tiene indudables valores, que demuestran que se trata del trabajo de un compositor muy concienzudo y que conoce, en profundidad, todos los recursos del sistema dodecafónico serialista, aunque en ocasiones no falten claras referencias a la tonalidad. Dos de sus tres movimientos, muy distintos entre sí, tienen citas de la obra homónima de Bela Bartok, que el compositor ha tenido muy presente, como un precedente referencial (y sin duda lo es en la historia de la música del siglo XX) aunque su postulado deriva hacia un planteamiento muy personal con el gusto por los poliritmos, algunos de frenesí africano, las sonoridades divergentes y las atmósferas ambientales de una pluralidad de efectos combinados con constantes giros métricos de amalgama.
Hay que decir que el maestro Mehta fue el gran escultor de un gran retablo sonoro, con una orquesta amplísima que exige virtuosismos constantes a todos y cada uno de sus instrumentistas. Sirvan de botón de muestra las sincopas sobre escalas seriales del complejo postrer movimiento, que son todo un referente de dificultad para hacerse entender con la batuta y para interpretarlo con el concurso de una percusión que desafía a la amplia sección de cuerdas en divisi.
Bien, en la segunda parte, aprovechando la gran masa orquestal que formó en la primera, el maestro de Bombay programó la imponente octava sinfonía de Bruckner.
Su lectura de la monumental sinfonía tuvo una incuestionable grandeza y al tiempo un relato muy preciso, demostrando el recurso analítico de la batuta. La politonalidad de la exposición del oboe y la contramelodía de la flauta en el desarrollo del primer movimiento, fue de una esmerada pulcritud. El tremolo de los violines del scherzo, demostró el alto nivel de esta prodigiosa orquesta, más si cabe en la respuesta de violas y cellos.
Pero si hay que ensalzar un movimiento, sin duda este fue el mágico adagio, en donde emergió una cita del Siegfried wagneriano con prodigiosa claridad, después de la recapitulación.
El complejo fínale volvió a demostrar la precisión del maestro para los ritmos cambiantes y las sonoridades múltiples, manifestando las poderosas construcciones dinámicas, que alcanzaron su punto álgido en la amplia coda de 63 compases, rematada por el vibrante acorde en mayor, realmente victorioso y apoteósico que arrancó un legítimo frenesí de aplausos.