J. R. S.
Blasco Ibáñez fue un gran viajero: por trabajo, diversión y escapadas políticas. De hecho, esas huidas le sirvieron no sólo para conocer mundo sino para crear nuevas historias que añadir a su trayectoria como novelista, cuentista o cronista periodístico. Pero Blasco Ibáñez no escribió libros de viajes, aunque alguna de sus obras en sí mismo lo sean.
Ese es el caso de En el país del arte, que reunió a finales del XIX las crónicas enviadas desde Italia por el periodista y político valenciano cuando tuvo que huir de la justicia española al país transalpino en plena revueltas por la Guerra de Cuba.
Ahora, el casi medio centenar de crónicas han vuelto a ser reeditadas por Ediciones Evohé, lo que permite redescubrir a un escritor detallista en su forma y fondo, muy descriptivo y que sitúa al lector con extrema facilidad en la Italia que pudo conocer. Pero para llegar a esas crónicas, remitidas durante sus tres meses en Italia, hasta que decidió volver para entregarse y ver nacer a un nuevo hijo, Blasco Ibáñez vivió un periplo digno de novela de aventuras.
Rosa María Rodríguez Magda recuerda en el prólogo de la obra cómo en los primeros días de marzo de 1896—más concretamente fue un ocho de marzo—un grupo de notables, entre quienes se encontraba el propio Blasco—organizó una manifestación contra la independencia de Cuba, «en nombre del honor nacional» y contra el Senado americano. La autorización gubernamental fue denegada.
Escapada nocturna
Así que optaron por celebrar un mitin en la plaza de toros, que también fue prohibido, pero que terminó con una concentración ciudadana a sus puertas y, después, con un enfrentamiento con la policía que concluyó con un guardia herido de bala. Fue entonces cuando se declaró el estado de guerra.
Los organizadores fueron detenidos, pero Blasco Ibáñez, logró huir. Se escondió en una barraca de Almàssera durante casi dos semanas, y también en el altillo de un despacho de vinos. Así hasta que escondiéndose de los carabineros y en una pequeña barca fue trasladado hasta un vapor que lo recogió ya fuera del puerto de Valencia—«sus oficiales y tripulantes eran todos valencianos y de ideas republicanas», recuerda Rodríguez Magda, directora de la Casa-Museo Blasco Ibáñez, que escribiría después el novelista valenciano—que lo llevaría a Italia. Sète y Genova serían los destinos iniciales. El 1 de abril publicaría en el diario El Pueblo la primera de esas crónicas que fueron apareciendo hasta el 5 de junio de 1896. Ese mismo año serían recopiladas y luego reeditadas por primera vez en 1923. Se vendieron más de 70.000 copias.
Una mirada detallista
Durante esos tres meses de «exilio», del que regresó para entregarse aconsejado por sus seguidores y no ser declarado en rebeldía, Blasco visitó Roma, Pisa, Milán, Turín, donde conoció su rebeldía política, Venecia, Pompeya, Asís, recordó la etapa Italiana de los Benlliure, de quienes cuenta con detalle su estudio—«tengo para mí que, al nacer los Benlliure, sus manecitas infantiles debieron buscar con más codicia los tarros de color del padre que el vivificante seno de la madre», escribió— o mostró la Scala de la época y su cercano Duomo, el Vaticano, junto a otros monumentos y espacios públicos.
Es Italia a los ojos de Blasco Ibáñez, una mirada minuciosa y al mismo tiempo pasional, histórica, poética y nostálgica: digna del mejor periodismo de viajes.
Julio Castelló, responsable de la edición, ha cotejado para esta versión la edición príncipe original así como las ocho ediciones previas, la última de 1969 y se han recuperado dos capítulos y «un buen número de párrafos fragmentados, matices que habían sido eliminados o modificados», anteriormente anota en su introducción. Un turista, como sugieren en el texto, en absoluto convencional.