07 de enero de 2016
07.01.2016
Obituario

Muere Pierre Boulez, un genio sin batuta

El director francés, fallecido a los 90 años, ha sido una de las figuras de la renovación de la música clásica en el siglo XX

07.01.2016 | 00:51
Muere Pierre Boulez, un genio sin batuta

Desde los escombros de la II Guerra Mundial, un puñado de compositores europeos tuvieron la osadía de querer reinventar la música y romper con todo lo establecido: quizá el más temido y respetado de ellos fuera Pierre Boulez. Del genio francés, fallecido ayer en Alemania a los 90 años, se recordarán tanto sus obras innovadoras como su peculiar manera de dirigir la orquesta (siempre renunció a la batuta).
Pero cuando se pronuncie el nombre de Boulez, este irá siempre acompañado también de sus bravatas y declaraciones altisonantes, en las que lo mismo daba por muerto al padre del dodecafonismo Arnold Schoenberg que llamaba a «hacer volar las salas de ópera». Por eso estos días se agotarán los lugares comunes para definir al francés como «iconoclasta», «enfant terrible» o cualquier adjetivo que deje claro que lo suyo era cargar contra lo establecido para construir algo nuevo.

Él mismo reconocía, no en balde, «preferir una buena polémica con espadas y sables que una especie de cortesía de conveniencia». Como sucede tantas veces entre los superdotados musicales, a los ocho años el pequeño Pierre Boulez podía ya tocar piezas de Frédéric Chopin en el piano, aunque sus capacidades iban mucho más allá y se extendían a la física, la química o las matemáticas. Sin embargo, siempre quiso esconder esas dotes, como recordaba ayer el diario Le Monde, para evitar que su padre le obligase a dejar la música y dedicarse a los estudios.
Nacido el 25 de marzo de 1925 en Montbrison (centro de Francia) dentro del seno de una familia acomodada, Boulez ingresó a los 19 años en el Conservatorio de París, donde Olivier Messiaen y Andrée Vaurabourg lo introdujeron en el dodecafonismo. Sin embargo, Boulez se fue distanciando de Messiaen, con quien estallaría en varios de sus legendarios ataques de cólera y en 1946 compuso su primera sonata para piano, una obra radical mientras se ganaba la vida tocando piezas ligeras en el Folies Bergère.

Muy pronto, en 1955, estrena Marteau sans maître (Martillo sin dueño), obra central de la música del siglo XX, en la que cristaliza el desafío de la nueva generación de compositores europeos a los cánones. Si algo distingue a Boulez de otros creadores coetáneos suyos es su faceta como director de orquesta y como pedagogo, siempre llevado por el afán de divulgar una música difícil de apreciar sin una preparación previa. Como director, permanece fiel a un repertorio en el que brillan Debussy, Ravel y, ante todo, Mahle.

El Boulez director roba cada vez más espacio al Boulez compositor y las grandes orquestas se lo rifan hasta que en 1971 llega a la Filarmónica de Nueva York. Tras seis años regresa a Francia para ponerse al frente del nuevo Instituto de Investigación y Coordinación Acústico-Musical (el Ircam). La indagación musical se convierte en la nueva obsesión del maestro, ya muy respetadas sus obras laberínticas en su propio país, y dedica sus desvelos a la creación de la Ciudad de la Música en el deprimido distrito XX de París. Hace justo un año fue inaugurada la Philharmonie, sala de conciertos diseñada por Jean Nouvel, que completa este ambicioso proyecto para sacar la música de sus recintos burgueses.

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