14 de marzo de 2016
14.03.2016
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Rafaelillo y Paco Ureña triunfan por su verdad en una tarde de intensas emociones

La corrida de Adolfo Martín, seria y muy bien presentada, blanda y complicada, no dio facilidades a la terna - Rafaelillo cortó una oreja del cuarto a base de una lidia valiente, a la antigua, y Ureña se llevó otra tras lucirse al torear al natural, mientras que Escribano cumplió

14.03.2016 | 04:15
Rafaelillo cortó una oreja del cuarto tras una labor entregada y profesional.

Ayer fue un día de reivindicación taurina en Valencia. De defender un espectáculo que, por mucho que lo quieran cuestionar, lleva vivo más de seis siglos y que ha concitado el interés de escritores, pintores, músicos e intelectuales de todo signo y condición. Y que ha generado opiniones muy reveladoras. A título de ejemplo, Salvador de Madariaga aseguraba que: «La fiesta participa de muchas manifestaciones artísticas. Es un drama, en constante peligro; pintura de belleza impar, con luces y colores; una obra de arte escultórico y con elementos de ballet.» Por su parte Rousseau escribió: «No han contribuido poco las corridas de toros a mantener en la nación española cierto vigor». Menéndez Pelayo aseguraba que el espectáculo taurino es: « el menos bárbaro, más artístico de todos los espectáculos cruentos, dentro y fuera de España. Y Tierno Galván dijo en su momento que: « los toros son el acontecimiento que más ha educado social incluso políticamente al pueblo español». Casi nada.

Más de tres cuartos del aforo de la plaza de Valencia se cubrieron después de la manifestación que llenó las calles de Valencia. Tras el paseíllo, el público obligó a salir a saludar al tercio los actuantes, al grito de «libertad, libertad».

Abrió plaza un toro cárdeno claro, veleto, casi cornipaso, que fue aplaudido de salida por lo espectacular de su lámina. No apretó en varas, se dolió en banderillas y, a pesar de que tuvo la virtud de humillar mucho, resultó blando y tuvo muy poco recorrido en la muleta. El también cárdeno segundo, más vareado, apenas recibió dos refilonazos en el caballo. Tuvo la virtud de venirse al toque a los engaños y de meter la cara por abajo, si bien le costó, no se empleó y anduvo siempre con la cara alta y saliéndose suelto.

También fue aplaudido de salida el cárdeno claro tercero, un toro largo que blandeó. Empujó en el caballo por un solo pitón, se dolió en banderillas y llego al tercio final desplazándose, aunque perdiendo las manos, claudicando y sabiendo lo que se dejaba detrás. En un descuido cogió su matador, al que volteó y corneó con saña en el suelo. Se picó muy poco al cárdeno claro cuarto. Un ejemplar orientado, que desarrolló sentido, se quedó debajo de las telas y se revolvió un palmo de terreno sabiendo lo que se dejaba detrás. El bajo y musculado quinto, también cárdeno claro, salió abanto de chiqueros. Apenas le metieron las cuerdas en varas, se durmió en banderillas y llego al tercio final desplazándose y muy atemperado, aunque claudicante y sin olvidar lo que se dejaba detrás. Y el sexto, un zambombo de 600 kilos, largo y musculado, se dejó pegar en el caballo y esperó en banderillas. Desparramó la vista, y aunque se movió y desplazó, lo hizo sin entrega y a regañadientes.

El murciano Rafaelillo apenas tuvo opciones con su blando primero. Lo recibió con dos largas cambiadas y luego no tuvo opciones en la muleta. Calentó el ambiente al saludar a la verónica rodilla en tierra al cuarto, ante el que firmó una labor de sincera entrega. Puso sobre el albero tanta disposición como profesionalidad, en una faena de lidia a la antigua usanza, en la que arrancó series de mucho mérito. Lucieron sobremanera dos tandas por el pitón izquierdo. La labor, emotiva y entregada, fue coronada de un espadazo defectos fulminantes.
Manuel Escribano toreó muy bien con el capote a su primero, ganando terreno con la pata para delante y rematando el saludo con una excelente media. Banderilleó con soltura, sobresaliendo en un par por los adentros de gran exposición. Luego, con la muleta anduvo firme y dispuesto, en una labor en la que entendió perfectamente las condiciones del toro, al que pulseó bien y en la que tragó mucho.
Se fue a saludar a portagayola a su segundo, al que pareó con desigualdad y luego firmó una faena que hubo momentos vistosos por ambas manos aunque aquello no termino de tomar vuelo.

El murciano Paco Ureña toreó con pausa y templanza su primero, en un trasteo en el que sobresalió por su toreo con la mano izquierda. Sufrió una espeluznante cogida, en la que el toro le buscó en el ruedo y le corneó a placer. Se levantó milagrosamente ileso y se volvió a poner delante, siempre por la línea arrestosa, en un epílogo de faena emotivo e intenso. Mató de una estocada trasera y caída defectos fulminantes.
Salió de la enfermería para matar el sexto, con el que volvió a ponerse a torear al natural sin probaturas. Consiguió series de buena factura, en un trabajo esforzado y de buen aire que no tuvo remate con los aceros.

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