14 de julio de 2016
14.07.2016

Emma Cohen fue extraordinaria

14.07.2016 | 04:15

Pleno centro de Madrid. En la calle Pizarro, una bocacalle cercana a la Gran Vía, ensayábamos los estudios1, los barrios sésamos y los teatros para la única televisión que existía, la pública TVE, canal uno y dos. El tiempo se vivía de modo pausado y en los descansos nos tomábamos el café los actores gastando bromas entre nosotros, vestidos con algunas piezas de los personajes que nos proporcionaba Cornejo para incorporar a nuestro cuerpo el nuevo papel. Emma Cohen con su cabeza de gallina Caponata en una mano y el cigarro en la otra, yo con los zapatos de tacón de aguja para una vedette, Kino Pueyo con una malla de romano... Emmanuela Beltrán, anónima en Barrio Sésamo, con voz de cría perpleja. Emma Cohen, acabo de leer tu muerte, anónima, sin exhibicionismo.

Aquellos ojos azulverdosos como platos, casi saltones que destacaban un asombro por todo y un no querer saber nada de lo cotidiano. Curiosos, perplejos, evasivos, ojos que parecían desafiar al mundo entero.

Le gustaba ser una niña juguetona, imaginativa, llevadora la contraria a lo mezquino, se rebelaba contra la obviedad, contra lo fashion, contra cualquier cosa que le sonara a cerrazón humana o tópico. Hechizó a Fernando Fernán Gómez por sus reflexiones, por su inteligencia y la belleza de una chica llena de ojos en un cutis blanco de francesa existencialista. No había cena con ellos dos que no fuera una exquisita fuente de preguntas filosóficas, que solía lanzar primero Fernando a los comensales para que tuviéramos que detenernos a pensar muy mucho antes de contestar, si no tanto los ojos de él como de ella te invitaban a callar de nuevo.

Fernando adoró a Emma y un buen día emigraron al campo a vivir su vida. Ya no se celebraron aquellas cenas con Enrique Brasó, Agustín González, Julieta Serrano, María Asquerino, María Luisa Ponte, Juan Tébar...donde se jugaba a inventar palabras, a tertuliar sobre libros, a imaginar historias, a intercambiar regalos en alguna fiesta navideña y a reírnos de cualquier anécdota narrada por Emma y sobre todo por Fernando. A Enma le gustaba rebatir a Fernando sin malicia, traviesa. La mirada del uno sobre el otro eran envidiables. Siempre recordaré a Fernando Fernán Gómez desmoronado cuando Emma se fugó con otro genio demasiado iracundo. Enrique Brasó le acompañó en toda su pena hasta que ella volvió a su amor eterno, genuino... Tú Enma, no eras de este mundo español tan sanchopancista, ni creo que le tuvieras demasiado apego desde que cumpliste los 62. Se nos fue una extraordinaria artista.

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