30 de septiembre de 2016
30.09.2016

Arte de una galaxia muy lejana

El alemán Björn Dahlem muestra en el Veles e Vents su instalación «Magellanic Cloud», basada en la nebulosa que descubrió el explorador - Fernando Magallanes hace cinco siglos La obra refleja el interés del artista por la ciencia

30.09.2016 | 04:15
Arte de una galaxia muy lejana

«No». Björn Dahlem, un artista que acaba de presentar una obra que es un monumento a las preguntas, a la infinita búsqueda del ser humano y la función de la ciencia, toma un atajo elocuente cuando se le pregunta si el arte también tiene respuestas. Tan necesario como inútil, sería su respuesta para condensar el hueco que ocupa el arte en sociedad. «No tiene una función, maneja emociones», ahonda el alemán.
En estas disquisiciones se adentraba ayer, parado junto a la obra en la que ha estado trabajando últimamente, realiza expresamente para el Veles e Vents. Magellanic cloud o la Nube de Magallenes, una estructura luminosa que ocupa la entrada del edificio, fue mostrada ayer al público en una tarde en clave brumosa. Tras conocer su obra tocó el grupo Mist (Niebla), de Rick Treffers, como parte de la programación Dijous al Veles.

Pero antes estaba Dahlrm (Potsdam, 1974), ante su obra en homenaje a esa nebulosa o galaxia enana, cercana a la Vía Láctea y que oteó el explorador (de ahí su nombre) hace ya cinco siglos, mientras daba la vuelta al mundo. «Estaba ofreciendo respuestas a problemas de su época y se topó con otro completamente nuevo. Es pradójico: cuantas mas preguntas resolvemos más tenemos», enfatiza el artista. Ahí está resumido el inagotable camino del ser humano: cinco siglos después las mismas preguntas sobre otras galaxias permanecen inalcanzables. La certeza de que quizás haya «respuestas que no puedan ser dadas» nunca, comenta un artista que se confiesa interesado precisamente en esa zona de pnumbra que deja la cienca. «Lo que me interesa es esa parte misteriosa», sentencia.

«La ciencia en cierto sentido está sobrestimada», reflexiona el artista. «No por los los científicos, sino por la sociedad, que no contempla que también tiene sus límites», ahonda Dahlem. Al mismo tiempo advierte de los peligros que corremos al conceder a la ciencia la capacidad de resolver cualquier dilema: «Sería como una especie de nueva religión».

En cualquier caso, No hace falta bucear más en el pensamiento de este creador para descubrir cuál es la obsesión que marca su trabajo. «Ambas cosas», responde con una sonrisa cuando se le pregunta si la ciencia es más una obsesión o una inspiración.

Lo cierto es que sus esculturas «astrofísicas» han viajado por medio mundo antes de recaer en Valencia, donde, al menos en un plano metafísico, parece haber forzado sus propias fronteras. «No es efectiva como la política o las tecnologías, tiene que ver con evocar un recuerdo, con la comunicación entre las personas. En un sentido práctico es inútil, pero es necesaria para la gente», remarca de nuevo sobre lo que persigue su oficio. Al menos para eso sí tiene una respuesta.

Al rato, su escultura permaneció en un segundo plano, totémica como el monolito de 2001, mientras un grupo de música ahondaba en el arte de lo inútil y necesario.

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