22 de octubre de 2017
22.10.2017

La penúltima lección de Antonio Cabrera

El poeta se recupera en Toledo de una grave lesión medular tras sufrir un accidente cuando disfrutaba de un día con amigos

22.10.2017 | 04:15
La penúltima lección de Antonio Cabrera

Lección de vida. El poeta Antonio Cabrera lleva siete meses en el Hospital de Parapléjicos de Toledo tras sufrir una grave lesión que le ha dejado en silla de ruedas. Cabrera, de 59 años, ha pasado la mayor parte de su vida en València, es profesor de Filosofía y premio Nacional de la Crítica. Ahora lucha por recuperarse mientras comparte su poesía con los pacientes del hospital, que se ha convertido en un verdadero lugar de peregrinación de poetas.

«Habíamos dado un paseo por el monte y volvimos a la casa. Ahí sucedió el accidente. Estaba en un patio interior, tropecé y me fui contra la pared».

Era el pasado 1 de mayo, un día de primavera radiante. Un grupo de amigos se dio cita en Serra para dar un paseo por el campo y comer una fideuá. Después llegó la comida en la terraza y luego Cabrera fue a jugar con los niños. Allí se produjo la caída absurda. Al salir y verlo inmóvil sus amigos llamaron al SAMU y poco después estaban en la Fe. Lo ingresaron en la Unidad de Cuidados Intensivos. Todos le daban ánimos, todos pensaron que pronto pasaría el susto. Pero la situación era grave. Necesitó respiración asistida, no podía mover prácticamente ninguna parte del cuerpo, no se podía comunicar. Y sin embargo su cabeza estaba perfectamente lúcida. «Estuve muchos días sin poder hablar y era tremendo porque la gente no me entendía bien y yo sufría por eso...»

Le trasladaron al Hospital de Parapléjicos de Toledo, el centro de referencia nacional. Lo primero fue recuperar la respiración y con ella ir retomando la voz, lo siguiente enfrentar la gravísima lesión que le había dejado el cuerpo paralizado. Antonio fue siendo consciente de que su vida sufría un «cambio radical y abrupto». Su mujer, Adelina, se mudó con él a Toledo, sus dos hijos, familiares y amigos comenzaron los constantes viajes a la ciudad. La arboleda del hospital se convertía para ellos en el lugar donde tomar un pequeño respiro, donde ir asumiendo todo, antes de regresar a la habitación, junto a la cama en la que, de algún modo, Antonio estaba atrapado. «Pasé un momento de alucinaciones, me negaba a comer a beber y a tomar la medicación €pero eso duró solo un día».

Efectivamente, lo que predominó fue la entereza y la aceptación. Se sucedieron noches duras hasta que Antonio fue consciente de que tenía que controlar su propio pensamiento. «He aprendido a controlar el pensamiento acelerado. Aparto por las noches el pensamiento intelectual y duermo mejor»€

Él, el filósofo, el pensador, se daba cuenta de que era necesario pensar menos y a la vez, pensar mejor: «Ir asumiendo que esto es así, que puedo respirar, puedo hablar y tengo la cabeza lúcida». Fue superando las crisis, con su fortaleza, pero también, asegura, aceptando la ayuda de su familia, agarrándose a esa ayuda.

Peregrinación a Toledo
Mientras tanto, no cesaba la peregrinación a Toledo de ornitólogos, profesores y compañeros del mundo literario, especialmente poetas. «Que vengan a verme y establecer con ellos algún tipo de conversación literaria me hace mucho bien», dice Antonio. «Mis amigos dicen de broma que esto se va a convertir en la nueva Velintonia, la casa de Vicente Aleixandre»€

Y aunque Antonio insiste en lo exagerado, irónico y humorístico de la comparación, algo de aquella Velintonia, de aquella casa por la que pasaron Lorca y Neruda, Guillén y José Hierro, está teniendo el Hospital de Parapléjicos. En su arboleda se escucha poesía. Antonio Cabrera, con la voz aún débil pero vibrante ofrece un recital para todos los pacientes. Impresiona ver a decenas de personas escuchándole, en silencio, desde sus sillas de ruedas. Impresiona percibir cómo la poesía les llega, les emociona, incluso les alivia. Impresiona escuchar versos escritos hace años como «en el dolor permítele a la luz/ que viste al árbol y al objeto/ hacerte su promesa lentísima de dicha» o «Todo lo que esperamos recorre un laberinto hasta alcanzarnos». Estremece entender cómo los versos escritos en otro tiempo adquieren otra vigencia y siguen siendo perfectos. Y finalmente llega un pequeño poema escrito casi por encargo, el primero que Antonio crea en el Hospital, se llama «Invocación a la médula» y surge del famoso verso de Quevedo: «médulas que han gloriosamente ardido».

«Médula, circula hacia la vida,/deja pasar el tiempo/ fluido de lo móvil./ Tú posees el fuego,/ enfócalo hacia el mundo. / Y que ardan los nervios,/ enteros, gloriosamente».

El trabajo cotidiano
Y entre tanto el trabajo cotidiano: superar los mareos constantes, aprender a manejar un ordenador con la nariz,afrontar las largas y duras sesiones de fisioterapia, encontrar la fuerza asumiendo que necesitará una vivienda adaptada pero soñando con poder compartir con los suyos su nueva vida. «Es una posibilidad quedarme inmóvil para toda la vida pero que la cabeza funcione es un buen regalo»€
Impresiona también la lucidez cruda con que Antonio afronta su situación dando una lección de vida. Su entereza pero también la asunción de su vulnerabilidad. Cuando clava su mirada limpia y tranquila y dice: «En esta situación mía todo pasa, poco a poco, pero va pasando» y luego, cuando le pregunto cómo se lo está tomando todo el profesor de Filosofía que también es, no desperdicia la ocasión para hacer un juego de palabras: «Pues me lo tomo con eso€ con filosofía» y sonríe como un niño, aunque le duele sonreír.

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