15 de mayo de 2018
15.05.2018

Cuando una librería cierra, un país se empobrece

15.05.2018 | 04:15

Recién llegado de París y Londres, donde las librerías constituyen el alma de ambas ciudades, recibo con enorme estupefacción la noticia del cierre de una librería que es algo más que una parada de libros, cuanto un centro de sociabilidad, de reunión, de conversación, y en definitiva de vertebración cultural de una ciudad. La librería Leo ha sido desde su fundación en 2011 un lugar de encuentro, de debate, tertulia, y el mejor escaparate en el que encontrar una cuidada selección de las novedades literarias no solo españolas sino europeas. Su esmerada decoración, con una estantería estilo Imperio, le hacían a uno sentirse en esa Europa que todos queremos, una Europa civilizada, culta, y multicultural, donde las más diversas materias tenían cabida, mostrando una especial sensibilidad hacia los temas sociales, políticos y económicos más candentes.

Pero la librería no cierra solo por la aplastante presión del gigante Amazon, que ha laminado la cada vez menor visita a las librerías, o por la creciente lectura a través de dispositivos electrónicos. El cierre de una librería como ahora Leo es el reflejo sociológico de una población escasamente lectora. Y ahí están las cifras, casi la mitad de los españoles no leen nunca o casi nunca. Sociológicamente hablando, la lectura no constituye el pasatiempo habitual de los españoles. Y la culpa no es solo de las Administraciones, que creen que con campañas de Fomento del hábito lector se solucionan las cosas, como inundar de «Quijotes» conmemorativos, por otro lado ilegibles, a los institutos o a los colegios, ni de los centros de enseñanza, sino de la sociedad en general, que no considera la lectura como un ejercicio cotidiano, de formación en conocimientos.

Y es que la lectura se aprende entre otras cosas por mimetismo familiar, y para ello en las casas tienen que haber libros. Y en Europa en general desde las casas más modestas hasta las más pudientes hay libros. Basta sino, y hagan ese ejercicio ocular de visualizar los anuncios inmobiliarios de importantes ciudades europeas, y verán como siempre aparece una estantería o un pequeño rincón con libros. Al contrario, en España, es muy raro encontrar ese espacio en los anuncios, y uno se queda con la extraña duda de que ese lugar debe existir, no es posible que no exista.

Pero además del entorno familiar están los que debían ser modelos de referencia de la sociedad. Me estoy refiriendo a los gobernantes, a los políticos, de uno y otro lado. Mientras en Francia veíamos constantemente a un Alain Juppé posando con libros y hablando de ellos en las librerías de Burdeos en la campaña presidencial francesa, a un Dominique de Villepin poner a la venta una extraordinaria biblioteca de centenares de libros de tema napoleónico, a presidentes como Mitterrand, cumplir su sueño final antes de morir, de crear la extraordinaria Biblioteca Nacional de Francia, o a un candidato socialdemócrata, aspirante a la Presidencia alemana, Martin Schulz, el haber llegado hasta ahí, sin apenas formación académica, simplemente que por haber sido librero en Berlín, en España, son rara avis los políticos que acuden a las librerías, o cuanto menos que hablan de libros en las campañas electorales. Jamás, salvo alguna excepción, en la librería Leo encontré a ninguno de ellos. Lo que aquí es excepcional, en Europa es la norma. Ojalá la señora Cifuentes hubiera sido pillada in fraganti robando un libro y no unas cremas faciales. Créanme que me hubiera alegrado enormemente.

Y es que en España entre los modelos de referencia lamentablemente no figuran los intelectuales sino los futbolistas. Y no es que allende los Pirineos el balompié no tenga más forofos si cabe que aquí, pero además de, la cultura, constituye la quintaesencia de la vida de los ciudadanos. Y Amazon existe y los ebooks también pero los establecimientos culturales, como ahora las librerías, las bibliotecas, los museos, las galerías de arte, están repletos de gente, y lo que es más alentador aún, de jóvenes, que saben que un país rico es un país culto. Y que son herederos de una tradición que ha hecho de la cultura la espina dorsal del devenir de sus países.

Algo pasa cuando una librería cierra. Y es muy fácil echar la culpa siempre a las administraciones, que algo de culpa tendrán, pero no toda. Las culpas son a partes iguales de la sociedad, de las familias, de los individuos, y de aquellos que debían ser modelos de referencia. Decía Ortega y Gasset que quería europeizar España, y no españolizar Europa, como señalaba Unamuno, pero créanme que con clausuras como la de librería Leo nos alejamos cada vez más de esa añorada Europa que todos deseamos, en las que las librerías formen parte del paisaje urbano de las ciudades, convirtiéndose en modelos de convivencia, integración, reflexión y debate. Y precisamente ocurre ahora cuando la librería veía cambiar la antigua denominación franquista de la calle por la de calle de la Cultura ¡Qué extraña paradoja¡ Pero la vida está llena de ellas. Gracias Leo, Maite, Julia y a todos los que habéis hecho posible el sentirnos cada vez más europeos a través de los libros. Una vez más siempre nos quedará París.

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