Alfredo Brotons Muñoz
La Orquesta de Valencia y su actual titular Yaron Traub descendieron a uno de los puntos interpretativos más bajos, casi tocando fondo, de su trayectoria conjunta con la versión de la Sinfonía fantástica de Héctor Berlioz que, más que ofrecer, perpetraron... hace dos meses: concretamente, el pasado 28 de septiembre, en el tercero de los conciertos de pretemporada (Conciertos para todos los llaman). Con la misma obra, el pasado viernes alcanzaron, en cambio, un triunfo colosal e indiscutible. Quede para otra ocasión la reflexión, que por otro lado a cualquiera se le ocurre, sobre la importancia de la motivación en esta orquesta, y limitémonos esta vez a constatar que fue como pasar del infierno al cielo.
Al primer movimiento no le faltó más que la repetición de la exposición. En la dificilísima introducción el ajuste de todos los ataques fue prácticamente perfecto al servicio de una escansión de los diseños motívicos imposible de concebir más adecuada como preludio para las truculencias que aguardaban. En este sentido, el Baile resultó modélico en la yuxtaposición de las emociones desgarradas a pasajes en las que la inserción de lo banal anunciaba procedimientos normalmente asociados al nombre de Mahler: así, por ejemplo, los unísonos de las maderas tras la gran pausa (nº 31).
Los solos del corno inglés y del oboe (fuera de escena) fueron estupendos en sí y por la ilusión de eco que crearon, pero en la subsiguiente tirada de los violines primeros y la flauta se logró un empaste tímbrico de belleza muy especial. Fue lástima que luego, cuatro compases después del nº 39, el oboe se adelantara un tiempo de compás, pero el desconcierto se resolvió con rápidos reflejos y la cosa no pasó de borrón de un óptimo escribano. Tras una formidable entrada de la percusión, en la Marcha al suplicio destacaron los arduos solos de fagot y el cataclísmico pero controlado final. Y en el final, primero los solos de un clarinete al que en el tercer movimiento ya había mostrado una calidad apenas empañada por un mínimo apuro de respiración final (dos antes del nº 44), y luego unas intervenciones de tubas y trombones que no gustaron a todos, a mí sí.
Precedieron a este deslumbrante éxito unos Nocturnos de Debussy en los que la orquesta estuvo mejor que en el último número, Sirenas, las veinticuatro voces femeninas del Cor de la Generalitat, las cuales no consiguieron del todo que pasaran desapercibidas las sucesivas entradas «de relevo» ni, dos después del nº 6, redondearon el la 4. Siguió, como propina, un segundo entreacto de Carmen sencillamente delicioso.