Alfredo Brotons Muñoz, Valencia
En la producción de la Ópera Nacional de París que el próximo sábado día 15 se estrena en el Palau de les Arts con dirección escénica del británico Graham Vick y musical de Lorin Maazel, lo desempeñará uno de los bajos profundos actualmente más cotizados en el panorama operístico mundial.
Aunque con nombre y apellido de inequívocas resonancias escandinavas, Eric Halfvarson nació, en 1951, en Aurora, localidad próxima a Chicago. La música fue su mundo muy pronto: su padre era director de coros («Muy bueno. Yo mismo he estudiado esa especialidad y sé de lo que hablo»), su madre una soprano especializada en oratorios. Sin embargo, su primer instrumento no fue la voz; de hecho, «sólo la comprensión de que la forma de mis labios no era la ideal para tocar la trompa me llevó a explorar mis facultades vocales. Mi primera ópera como espectador fue precisamente El oro del Rin. Yo tenía veinte años».
La experiencia no dejó de tener sus consecuencias positivas en el nuevo terreno que se disponía a hollar: «El buen control de la respiración que creo poseer se lo debo en gran parte a lo que aprendí tocando la trompa durante quince años». La técnica de canto es un tema que le preocupa mucho, pero la concibe fundamentalmente como una «eliminación de vicios acumulados». Entre éstos considera como uno de los más perjudiciales la excesiva importancia que en su opinión se concede por lo general al enmascaramiento: «Si se consigue que la voz salga con la mayor pureza posible, sin encontrar ningún obstáculo en la dicción y únicamente cuidando de que el legato discurra con fluidez continua, los resonadores se pondrán a trabajar, de la manera más eficaz, sin necesidad de concentrarse en ellos».
En Don Carlo Halfvarson no sólo ha sido el Gran Inquisidor sino, también y antes, Felipe II: «Lo que sucede es que Felipes puede haber muchos, pero Grandes Inquisidores no tantos. En el fondo lo siento, porque los papeles de bajo cantabile tan maravillosos como ese también me gustan mucho».
Comunicar cantando
De cualquier modo, cante lo que cante, el objetivo último nunca deja de ser la comunicación: «Te las tienes que arreglar para que tu voz llegue plena y con todo su peso hasta el espectador sentado en la última butaca del teatro». Para conseguirlo, un buen movimiento escénico también es fundamental: «La costumbre de las grabaciones videográficas está poco a poco acabando con lo que antes entendíamos como gesto de actore para expresarse ante una gran audiencia, algo que se hace prácticamente imposible cuando tienes una cámara a dos palmos de la nariz».
El Gran Inquisidor no es para este intérprete suyo una figura con muchos matices posibles, como podría tenerlos por ejemplo Sarastro: «El Gran Inquisidor es la encarnación para Verdi de la maldad absoluta, de la intransigencia llevada a su última expresión. Lo cual no significa que carezca de dificultades».