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Refugiados de Ucrania en busca de un horizonte

Tras 95 días de guerra en Ucrania, al dolor por lo que quedó atrás, se suma la frustración ante la ausencia de trabajo, las dificultades para acceder a una vivienda o la barrera del idioma

A la izquierda, familia de Ucrania acogida por una valenciana en l’Alfàs del Pi; abajo, Mariia, de 21 años, junto a una madre y su hija en el recurso habilitado por el Ayuntamiento de València en Burjassot. David Revenga/Miguel Ángel Montesinos

Hace 95 días, el estallido de la guerra en su país, Ucrania, les llevó a afrontar que tendrían que empezar de cero en un lugar desconocido para ellos, lejos de su casa y de gran parte de su familia, pero a salvo de las bombas. Ahora, al dolor por lo que quedó atrás, se suma la frustración al ver que no llega un nuevo comienzo. En la mayoría de los casos, sus vidas siguen en punto muerto. Con la mirada puesta en su tierra y el futuro cegado ante la dificultad de trabajar, las trabas para acceder a una vivienda propia o la barrera del idioma. Mariia salió de su ciudad, próxima a Kiev, el pasado 6 de marzo, junto a su madre y su hermano pequeño. Una vez en España, fueron recibidos por una familia en la Comunitat Valenciana que les ayudó a obtener el permiso de protección temporal y acceder al sistema de acogida. Dos meses y medio después, la joven reside en Burjassot, en un centro habilitado por el Ayuntamiento de València que acoge actualmente a unas 370 personas en 5 recursos y que ha escolarizado en la ciudad a 295 menores.

Ahora que se siente más estable, las prioridades de Mariia son claras: encontrar un empleo y aprender el idioma. «Quiero trabajar para poder ser independiente y ayudar a la familia», cuenta a este diario, ayudada por Liliya, también ucraniana y empleada de la Fundación Novaterra. La joven estudió en su país un ciclo formativo para ser cocinera y tiene experiencia laboral allí. Con la protección temporal resuelta, que le permite trabajar en España, ha podido enviar su currículum a varias entidades y ya ha hecho sus primeras entrevistas. Hasta que consiga esa solvencia económica, se mantienen gracias a la solidaridad valenciana, con la que está muy agradecida.

Encontrar trabajo es vital

El acceso al mercado laboral es uno de los obstáculos con los que se están encontrando gran parte de los desplazados de Ucrania, en su mayoría mujeres jóvenes. Tener esos ingresos es vital para comenzar a reescribir su historia. Según los datos del Instituto Nacional de Estadística, entre el 28 de febrero y el 29 de abril, en la Comunitat Valenciana se afiliaron a la Seguridad Social 865 personas procedentes de Ucrania, 677 tan solo en el último mes registrado. «La tasa de desempleo allí era bajísima, cualquier mujer que quisiera obtener un trabajo iba a una entrevista y al día siguiente lo tenía. Es muy frustrante llegar a un país que no conoces, con una cultura diferente, en el que ni siquiera puedes ir a una entrevista de trabajo porque no entiendes el idioma», afirma Clara Arnal, presidenta de la Fundación Juntos por la Vida, oenegé valenciana que ha facilitado el traslado a cerca de 2.000 personas. La responsable de la acogida en València de CEAR, Irma Bruñuel, explica que una de las demandas principales cuando llegan las familias a los recursos de emergencia es aprender la lengua. «Conforme van adquiriendo el idioma, tienen la oportunidad de acceder a formación para intentar que sean lo más autónomos posibles», matiza.

El trabajo es, además, imprescindible para conseguir el segundo gran reto al que se enfrentan: tener un hogar propio. Familias particulares se han ofrecido a acoger a las personas desplazadas y la Generalitat y las diferentes administraciones han hecho un esfuerzo histórico para ofrecer recursos habitacionales. A corto o medio plazo es una solución, pero los meses van pasando y la guerra continúa.

«Nos gustaría poder vivir como familia, alquilar un piso si fuera accesible para nosotros», admite Mariia. Su familia espera quedarse en España si encuentra trabajo, su hermano está «encantado» con el instituto y desea cursar aquí sus estudios superiores. «Aunque si hubiera una garantía real de que es seguro volver, probablemente lo haríamos porque toda nuestra familia está allí. Tenemos esa dicotomía», añade la joven.

Al respecto, Pablo Gil, cónsul honorario de Ucrania en València, sostiene que lo que más preocupa en estos momentos es el alojamiento. Especialmente de cara al verano. En el sistema de acogida del Ministerio de Inclusión se pasa por una primera fase (en hoteles, hostales, pisos, albergues y otros recursos de emergencia) el menor tiempo posible y luego se continúa el itinerario en los centros de los que dispone el Gobierno. En Cataluña, Cruz Roja ha tenido que intensificar estos traslados debido a los compromisos previos de los alojamientos turísticos en temporada alta. Un hecho que fuentes de la entidad aseguran que no está sucediendo en el territorio valenciano.

El Consulado en València se está planteando con el Instituto Valenciano de Finanzas (IVF) crear una línea de avales para refugiados y refugiadas de Ucrania. «Cuando estas familias intentan alquilar, porque han conseguido un puesto de trabajo o tienen algo ahorrado, los propietarios de viviendas no tienen garantías», señala. Una circunstancia que vive cada día la familia de Pedro, que participaba en el programa de acogimiento a menores de Chernóbil de Juntos por la Vida y que, con el estallido de la guerra, recibió en su casa a sus dos hijos de acogida, de 12 y 17, su madre, su otra hermana y sus tres perros. El mayor, Dymitrov, se encontraba en España cuando empezó el conflicto y cuenta cómo su familia se escondió bajo tierra en un sótano de la ciudad de Bucha el primer mes. Gracias a la labor de la oenegé valenciana dentro de Ucrania y en la frontera con Polonia, pudieron salir de allí. Junto a ellos, viajaron varios núcleos familiares más, atendidos también por Pedro.

Refugiados de Ucrania En punto muerto a la busca de un horizonte

Siguen dependiendo de la solidaridad

«Había que traerlos sí o sí», reconoce. En total, catorce personas vulnerables económicamente a las que, en dos meses, ha alojado temporalmente en apartamentos cedidos por el Ayuntamiento de l’Alfàs del Pi, ha ayudado a realizar todos los trámites y a la escolarización de los menores, ha encontrado trabajo en hostelería para una de las mujeres y sigue buscando para el resto. Cuatro de ellos, ante las dificultades para arrancar esa nueva vida, decidieron volverse. «Nadie sabíamos lo que iba a durar y todos contábamos con que habría más apoyo económico por parte de las instituciones, tanto para las personas que llegan con el estatus de refugiados, como para las familias que las acogen. No ha sido así y se está empezando a notar», destaca Clara Arnal, quien recuerda que, aunque la sensación de emergencia ha pasado, sigue estando ahí. «Cada vez hace más falta esa ayuda mínima a las familias de acogida que están haciendo frente a los gastos, a la manutención, a los traslados, incluso a las tarjetas de los teléfonos para comunicarse con aquellos que tienen en casa», asevera.

A esta reivindicación se suma también Pablo Gil. «Las personas que están en recursos públicos no tienen problemas para mantenerse porque hay comedores, pero los que llegan por su cuenta están acudiendo a bancos de alimentos. Todo esto es evitable con una prestación universal dirigida a los refugiados como existe en Polonia», manifiesta. El cónsul subraya que el Gobierno de Ucrania está «muy agradecido» por la atención a esta crisis humanitaria del Gobierno de España, «un país que ha hecho de huésped y que además ha respondido en todos los niveles, no solo institucional, sino también social». Según apunta, en estos tres meses, ha habido «gestiones impecables» en la Comunitat Valenciana, como son las tarjetas sanitarias, que se han tramitado ya más de 20.000, y la escolarización en centros educativos valencianos, que según la Generalitat era ya, a principios de mayo, de 5.678 menores.

«Estos niños han visto y han grabado los horrores de la guerra con sus móviles. Todo ese trauma que traen encima, los mayores igual, para que ellos se olviden, no va a ser fácil», relata Pedro. A pesar de que ya se cumplen tres meses desde que inició el conflicto, el impacto emocional es grande y aún quedan las secuelas. «Me siento más estable emocionalmente. Tengo mis momentos de derrumbe, en los que necesito estar unas horas tumbada, no hacer nada. Pero me ayuda mucho sentirme segura aquí, darme cuenta de que mi vida no corre peligro», narra Mariia. Además, muchas personas aún están en los recursos de emergencia, detalla la responsable de CEAR. Una vez se reubiquen en centros de acogida temporal se podrá realizar con ellos una intervención más específica. «Todavía tienen la mirada puesta allí. En el trayecto migratorio han dejado muchas cosas», indica.

Con todo, haciendo balance de estos 95 días desde el inicio de la invasión rusa, Arnal pone en valor la ola de solidaridad y el trabajo de los voluntarios, aunque lamenta la falta de coordinación por parte de las administraciones. El cónsul de Ucrania en València anima a que continúe el flujo de donaciones, que se ha relajado en las últimas semanas. «Hasta que lleguemos a la integración en la cual estas mujeres adquieran un puesto de trabajo y empiecen a tener solvencia, siguen dependiendo de la solidaridad. La guerra no ha acabado y cuando se van acumulando los días, las necesidades crecen», concluye.

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