Nadal y Alonso viven días de desgracia. No son, desde luego, ídolos caídos, sino grandes campeones que tienen ahora la oportunidad de ser más grandes aún si saben gestionar su momento malo. Cuando eso ocurre las cañas se vuelven lanzas, las cámaras se vuelven esquivas, los profesionales del fervor dejan de jalear. La reacción de Nadal ha sido sabia: quiere saber en qué se ha equivocado, al forzar el cuerpo más allá de sus límites. La de Fernando Alonso es siempre más irónica, pero no debería ser menos saludable. Nadal dejará de ser casi seguro el número uno mundial, Alonso dejó de serlo hace ya tiempo. Nadal debe buscar la mejoría de su rodilla, y Alonso la de una buena montura, pero, sobre todo, uno y otro deben gestionar el equilibrio y el poder de recuperación de su mente. La mente manda siempre, y es la que convoca la fortuna, menos caprichosa de lo que se dice.