MIGUEL L. SERRANO OVIEDO
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Fernando Alonso no le hicieron falta ayer las gafas de sol porque no tenía nada que disimular. Acababa de darle el último adiós a su abuela Luisa, su fan más incondicional. Y estaba triste y ni quería ni podía ocultarlo. Por eso, cuando salió de la iglesia de San Lázaro al término del funeral, presentaba un rostro apenado, serio, presidido por unos ojos humedecidos. Allí afuera, en los aledaños de la iglesia, decenas de cámaras se amontonaban para inmortalizar el momento: apenas cinco segundos, tres metros, los que había desde la puerta hasta el coche. Acompañado de su mujer, Raquel del Rosario, clavó la mirada en el suelo y caminó despacio, abstraído. Quizá pensó Alonso que mostrarse así de afligido ante el ruido de los flashes era el primero de los homenajes para su abuela. Porque Luisa fue una parte fundamental en su vida. Y ya la echaba de menos.
María Luisa Martínez López dejó huella, a juzgar por la masiva afluencia. Decenas de personas colapsaron ayer la parroquia ovetense para darle un emotivo y multitudinario adiós. En primera fila, a la vera del féretro, se situó el piloto, en el mismo banco que su hermana Lorena, su mujer Raquel y sus padres José Luis y Ana. Todos llegaron a la capilla diez minutos antes del comienzo de la eucaristía. Entraron por la puerta lateral de forma discreta, sin atender a los periodistas y algún que otro paparazzi que allí le esperaba con el objetivo preparado.
Poco a poco fueron apareciendo caras conocidas, representantes del ámbito político y deportivo asturiano. A todos les constó hallar un sitio libre para sentarse y muchos tuvieron que conformarse con seguir la homilía desde el lateral del recinto, de pie, agobiados por el calor insoportable que invadía el interior del templo. Antonio Lobato, periodista de La Sexta, asomó con un gesto compungido claramente perceptible. También acudió el alcalde de Oviedo, Gabino de Lorenzo acompañado de una amplia representación municipal. O Ramiro Solís, ex técnico del Real Oviedo y del Real Sporting y Luis García Abad, representante del piloto, entre otros.
Durante la media hora que duró la eucaristía, el piloto apenas gesticuló. La mirada se le perdía al igual que a su hermana y a su padre. Sufrían en silencio, lloraban en seco. Más cariacontecida se mostraba su madre Ana, receptora principal de las condolencias y los gestos de compasión de los más allegados. A su lado, en los bancos que escoltaban el principal en el que se encontraban, seguían la misa el resto de familiares, primos, tíos y parientes. Fueron ellos los que le acudieran a la incineración de María Luisa.