M. DOMÍNGUEZ VALENCIA
Igual que la lanzadora de jabalina Tiina Lillak era la novia de media Finlandia en los años ochenta, hay casos en los que las atletas que se dedican a las especialidades más exigentes físicamente desmienten la ecuación en la que la belleza es inversamente proporcional a la brutalidad de la competición.
Ayer fue el turno de uno de los casos más evidentes del atletismo español: Berta Castells. La lanzadora de martillo del Valencia Terra i Mar ha sacrificado su cuerpo por mor de las necesidades del entrenamiento: es necesariamente recia (79 kilos para 1,74 metros), pero es un aspecto que se eclipsa ante su incuestionable belleza y feminidad, reforzada por sus monumentales ojos verdes. Sin ser especialmente coqueta (no se maquilla y no lleva joyas), se remata con una hermosa melena rubia.
La catalana (nació hace 25 años en Torredembarra) no es una estrella mundial de la especialidad, pero es capaz de lanzar la bola donde alguien perdió el gorro. Ayer volvió a quedarse en la calificación, aunque en esta ocasión sí que rozó el anhelado pase a la final. En casa es el ama. Tiene el récord de España y es campeona sin que nadie la tosa. Dicen que es muy elegante en el lanzamiento, quizá ayudada por las nociones de patinaje que recibió en su día. La embarcaron a los doce años en una especialidad poco agraciada, pero la tiene plenamente asumida, aunque en entrevistas reconoce que "hay veces que aún lo lanzaría más lejos, pero bien lejos", para en seguida reconciliarse con su herramienta. "Me gano la vida con algo que me gusta".
Ayer hizo un gran primer lanzamiento, nulo en el segundo y se lamentaba porque el tercero "era casi perfecto" pero dio en la jaula. "Estaba para récord de España".