M. DOMÍNGUEZ VALENCIA
Uno de los grandes favores que está haciendo Usain Bolt al atletismo es la capacidad para entusiasmar. Y buena parte de culpa la tiene su cuota de bestia escénica, que le ha convertido en un personaje popular como muy pocos -a lo sumo, Carl Lewis- habían conseguido.
Y una de sus aportaciones más llamativas -aunque fuera mucho más prescindible que sus, de momento, incontestables facultades atléticas-, es la introducción del concepto espectáculo y la humanización de un deporte a veces demasiado frío.
El atleta ha sido, por definición, comedido en sus celebraciones, que casi nunca pasaban de los brazos en alto y la vuelta de honor de turno con la bandera. Casi son anécdotas las celebraciones de antaño: las acrobacias de la checa Dana Zatopkova cuando ganó la jabalina en los juegos de 1952. O las rectas a toda velocidad que se marcaba la fondista rusa Svetlana Masterkova. Se ha visto cuartetos de relevos estadounidenses presumiendo de abdominales, alguna voltereta de saltadores de pértiga o altura... y poco más. El propio Carl Lewis no pasaba de levantar ostensiblemente sus piernas al acabar un esprint.
Bolt es espectáculo en si mismo. Domina la cámara, sabiendo que lo ven en todo el estadio y en millones de hogares. Habla con ella, se acicala, se hace el dormido, enseña dedos... y luego corre como un desesperado. Casualidad o no, los Mundiales de 2009 son los de las celebraciones. Europeos, americanos o africanos incorporan gestos, saltos, bailes y otras estridencias. No hay que engañarse: el atleta, si es bueno y además vende, mejor para él. Y, de rebote, mejor para el atletismo.