M. DOMÍNGUEZ VALENCIA
"Tremendo. Magnífico. Fantástico. Sublime. Esos y mil adjetivos más no alcanzan para graficar tanta locura desatada en el Monumental. Ahí está Ariel Arnaldo Ortega dejando picar la pelota y viendo que el arquero de Chacarita, Nicolás Tauber, anda a mitad de camino. Y tac, le da con todo el costado del pie derecho para que la pelota pase la volada y la corrida desesperada del "1" y después entrar mansa y tranquila para convertirse en el 4 a 3 de un partido para el infarto. Ya corre el Burrito Ortega hacia la platea Belgrano. Se saca la camiseta y lo imitan todos los hinchas que casi que se le tiran encima. (...) Orteeeega, Orteeega, gritan 35.000. Orteeeega, Orteeeega, gritan otros millones en sus casas. Aplausos al ídolo. Que se merece todo eso".
A sus 35 años, Ariel Ortega vuelve a vivir una de sus cícilicas o espasmódias resurrecciones, en las que saca a relucir el futbolista genial que siempre fue. En su casa, donde de vuelven locos con un gambeteo y sin el tipo de exigencias y sacrificio que se reclama en Europa, y por los que nunca pudo triunfar al otro lado del Atlántico. Por eso y por el coctel letal de juerga y alcohol que han caracterizado su vida personal. Muchas veces se le ha considerado ya como un desecho de futbolista y muchas veces se ha levantado para seguir obsequiando con alguna genialidad. Eso es lo que hizo el pasado domingo en el partido de liga de River contra Chacarita, incluyendo un gol de vaselina de los que muy pocos en el mundo son capaces de telegrafiar.
El que fuera mal jugador del Valencia CF, mal jugador de Sampdoria, mal jugador de Parma y mal jugador de Fenerbahçe -de donde dio la espantada y fue suspendido un año- vive esta temporada su nueva redención. Cansados de que fuera un conflicto y no una solución -escapadas nocturnas, ausencias de entrenamientos -como aquellas que ponían a los nervios a Ranieri-, desobediencias...- llevaron a su club de toda la vida a mandarlo al Independiente de Mendoza, en la segunda división. Unos pensaban que allí se rehabilitaría -se le obligaba a acudir a un tratamiento de desintoxicación-. Otros que, con menos atención mediática, aún enloquecería más. El resultado: 25 partidos, 4 goles, 3 expulsiones, recaídas y un despido fulminante. Ortega regresó a River, cuya hinchada no dejaba de añorarle. En su segundo partido oficial volvió a hacer de las suyas. Un pase de gol y un tanto de fantasía, quitándose la camiseta a imagen y semejanza de aquel 3-4 del Nou Camp, donde fue expulsado por el númerito camisetero.
Y en su país, encantados. "Ortega es magia. Pura. Parece cansado, pero se ríe de los 37 grados del Monumental, y de sus propios 35 años. De todo se ríe Ariel. Y goza. Y hace gozar". Hasta cuando, ya será otra cosa.