L
uce a la entrada de una sociedad gastronómica del Baztán: "Lagun Onekin Orenak Labur", podríamos traducirlo como: "con los buenos amigos las horas se hacen cortas". Allí, en las entrañas euskaldunas, donde la raza transmite su esencia de abuelos a nietos, donde las madres amamantan a sus hijos en lengua vasca, muchachos valencianos pelotaris han convivido con jóvenes pelotaris vasco-navarros. Todos ellos, amantes de lo suyo, defensores de las tradiciones heredadas, enamorados de su ser y de su forma de vivir, han convivido, han roto viejos prejuicios y han aprendido a respetar y a ser respetados. Han brindado juntos, han cantado juntos y han sonreído juntos. Todo eso se ha vivido y se vive gracias a un viejo deporte que ha recorrido las tierras de Europa, también de toda España, desde tiempos inmemoriales. Hoy, muy humildemente, algunos jóvenes valencianos y vascos se han conocido mejor gracias a esos intercambios vertebrados en torno a la pelota en sus modalidades más antiguas, que justamente son las más parecidas. Lo vivimos en Elizondo, en Alcublas, en Finestrat, en Godelleta, en Valencia. Las horas se han hecho cortas entre buenos amigos. Seguro estoy de que los pueblos se unen mucho más desde el respeto que desde la imposición. Y que el respeto se gana cuando se conocen razones y conviven sentimientos. Se ha hablado vasco y valenciano, se ha brindado en vasco y en valenciano y se han conocido en castellano; siempre en libertad. Gracias al "joc de pilota".