Pero ¿no tenía el Valencia mucho mejor plantilla que el año pasado? ¿No estaba destinado a invadir el territorio de las dos superpotencias, Barça y Madrid? ¿No había surgido un nuevo genio del fútbol en forma de Ever Banega? ¿No había recuperado el equipo la solidez defensiva de los tiempos de Sero-Sero-Sero Cúper? ¿En qué quedamos?
En sólo 25 días, los que han transcurrido entre el 2-0 al Sevilla y el esperpento de Getafe, la catarata de elogios, desbordada tras aquella victoria, se ha secado de repente. Seguramente porque entonces se exageró la supuesta hazaña de ganarle a un equipo que jugó toda la segunda parte con diez, lanzado al ataque y con un centrocampista menos, lo que propició la espectacular irrupción de Banega. En Getafe, atado más en corto y taponado en la recepción, el Valencia se quedó sin la dirección de Ever. Y esto no es señalarle como culpable exclusivo de la derrota. Ni mucho menos. De la chirigota del ampuloso Coliseum Alfonso Pérez es responsable todo el colectivo, y muy especialmente la desmadrada forma de defender que sigue empleando el VCF.
De esa responsbilidad conjunta no escapa, obviamente, el entrenador. Pero, al final, los que juegan son los futbolistas. Y por mucho que el técnico yerre, la voluntad, la implicación y los aciertos de los jugadores, pueden corregirle. No parece que sea el caso. Al contario: las equivocaciones achacables al entrenador son menos de los que corresponde a sus discípulos, reos de inhibiciones clamorosas y pifias monumentales como las de Getafe. Aquí nadie puede eludir su responsabilidad ni gozar de patente de corso, influida la cúpula dirigente del club, a alguno de cuyos integrantes se le percibe un tanto atacado. Desde ese estamento, precisamente, ha de impartirse prudencia, calma y sensatez.
Si se ha pasado con tanta rapidez de la euforia a la depresión es porque, ni había razones para aquella exaltación inicial, ni existe fundamento ahora para esta postración. El periodismo futbolero, casi siempre tan extremado, suele vivir en ese estado permanente de esquizofrenia que, contagia a su clientela, de la que, a su vez, se retroalimenta, con lo que se acaba creando la sensación de falsa tribulación.
En efecto: la plantilla de este año ha mejora la del anterior, sin duda. Pero sigue adoleciendo de defectos ya casi estructurales: la renovación del motor del equipo, o la consolidación de una linea defensiva estable y solvente. Todavía esta por llegar el sustituto de Rubén Baraja y nadie ha alcanzado el nivel de aquellas zagas capitaneadas por Djukic primero y Ayala después.
Esta no es la plantilla ideal de Fernando —seguramente, tampoco la del Madrid lo es para Valdano— pero sí que da para formar un segundo equipo con el que ganarle al Lille, sin necesidad de tritura a Emery. De no ser así, estaríamos exigiéndole milagros. Y a eso no llega, ni él, ni ningún otro colega suyo, como bien sabe Gómez Colomer, quien haría bien en aleccionar al respecto a su clientela mediática.