Dos almas en pena, dos corazones angustiados, dos espíritus lánguidos, se citan esta noche en Mestalla. Quien gane le contagiará al otro la depresión y le dejará tocado del ala. Bajo el banquillo del perdedor quedará instalada una bomba de relojería que se activará más pronto que tarde. Si el damnificado es Emery, la arbitrariedad estará más próxima; allá los dinamiteros. Un empate tan sólo aplicaría cuidados paliativos al visitante. El Atlético es víctima de una enfermedad similar a la que sufre el Valencia, pero en grado mayor: sus espectativas mediáticas están muy infladas. La prensa de Madrid, siempre tan suya, sobrevaloró este verano a ese equipo, y ahora se escandaliza de que no cumpla con las espectativas que le asignaron. Y, como aquí, se dedica a buscar culpables para disimular sus errores de análisis y encubrir sus pronósticos fallidos. Así funciona este negocio.