MOISÉS DOMÍNGUEZ VALENCIA
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El último episodio del inolvidable e histórico reencuentro entre Gary Kasparov y Anatoly Karpov concluyó ayer. Sin ceremonia de clausura, como estaba previsto inicialmente; sin entrega de premios para no herir susceptibilidades -que no hubiera vencedor y vencido- y con la misma ausencia de representantes de la oficialidad. Karpov se fue por la mañana y Kasparov tuvo un pequeño baño de multitudes en la Petxina, donde firmó libros -que había que comprar, claro- de su enciclopedia de grandes jugadores.
El as del ajedrez esperaba más que el centenar de aficionados, pero era difícil hacerle entender que un sábado a las cinco y media no está media ciudad en la calle. Los privilegiados fueron los mismos que aprovecharon para marcarse un pequeño torneo por equipos. Kasparov tiene todas las artes dominadas: hasta reclamaba un determinado tipo de bolígrafo para no fatigar la mano.
Siempre gris en sus formas, pero relajado, no dudó en hacer un generoso resumen de su aventura valenciana: "Lo he tenido todo: he ganado el partido y he tenido publicidad, tanto para mí como para el ajedrez. Esto era un éxito antes de celebrarse y así ha terminado siendo".
Y para ser rotundo: "lo esperaba. Lo cual quiere decir que hay algo que va mal en el ajedrez".
Piropos a Valencia
La verdad es que ambos han sido muy profesionales. Ayer sí que salió a probar marisco, pero durante esta semana no ha salido casi del hotel. "No he visto mucho de la ciudad, pero me llevo la impresión de una ciudad con muchos sabores, con lo antiguo y lo moderno". Kasparov, su mujer, su madre y la asistenta partieron sobre las ocho de la tarde de regreso a Moscú, donde seguirá buscándole las cosquillas a Putin.
El desafío se repetirá en París, concretamente en el museo del Louvre. La revancha será en diciembre, pero bajo un estigma: ya nada será igual porque las partidas "buenas" son las de Valencia. Las primeras del reencuentro.