Aquel día del ascenso a primera, José Maria, con 16 años, de Museros, subió al trenet que le conduciría a Vallejo. Aquel trenet de asientos de madera, lámparas voluminosas de tenues luces amarillas que alcanzaba los 20 kilómetros por hora, se llenó como se llenaban los tranvías, con gentes colgadas de todas partes. José María era hijo de obrero metalúrgico y en casa había las apreturas de una época todavía difícil en la que los bocadillos se envolvían con papel de periódico, las neveras aguantaban los refrescos con barras de hielo que se compraban en las tiendas de ultramarinos y empezaban a venderse los transitores Telefunken forrados con duro cuero marrón, desde el que Juan de Toro interrogaba a sus concursantes:
—Señora, el autor del gol del Madrid ha sido…Pus…Pus…Pus…¡Puskas!, efectivamente. Un lote de botellas de anis del Mono, para la señora, su presencia siempre agrada…, la del anis, claro.
La señora, evidentemente, no tenía idea de quien era Puskas, porque entonces las señoras no entendían de fútbol. Ahora presumen de acostarse con éste o aquel futbolista, que eso sí es entender. En Mestalla, por ejemplo, se podían contar con los dedos de una mano la presencia de féminas. En Vallejo, curiosamente, había algunas más. Los campos de fútbol de la España de entonces eran, en ese aspecto, como los de ahora en Irán. En el Casino de un pueblo, una mujer no entraba salvo que fuera acompañada de su marido, y aún así era cosa extraña.
José María, casi medio siglo después, recita de carrerilla la alineación, desde Rodri, a Wanderley, Domínguez y Serafín. Aquel amor al Levante, era el amor a un club modesto, olvidado, que jugaba en un campo vallado con paredes de piedra y adobe, tan viejo como el trenet y tan pobre como el padre obrero metalúrgico. Era, como hoy, el club que incordia, un elemento perturbador al que hay que contentar aunque sea con las sobras de los banquetes de los ricos. José Maria, de Museros, sólo se vestía de gala, incluso con corbata de nudo de goma preparado, cuando acompañaba a Ruiz, el mejor pelotari mitger de la historia en aquella Ducati azul de 125 cc. José Maria era pelotari, seguidor de Ruiz y del Levante UD. Desde luego, antixoto.
Paco Gandía, el entrañable y querido concejal de deportes del ayuntamiento de Valencia, granota hasta la médula y la pasión, el forjador de yunques para la adversidad, presidió una noche la entrega de trofeos a jóvenes pelotaris. Tomó el micrófono y a casi todos se nos atragantó el cóctel de gambas cuando ofreció una lección magistral de estrategia en el trinquet, recordando la elegancia del Fusteret de la Llosa, la seguridad del Faixero y la intuición y precisión del Lloco en aquellos duelos del viejo Trinquet Levante del Grao. Resulta que Paco Gandía nos confesó su amor por la pelota valenciana, sincero, sin trampas ni conveniencias. El, créanme, fue el primero que pensó en una Ciutat de la Pilota.
Tiene mucho de común la historia de la pelota valenciana y del Levante UD. Mucho. Ambos fueron pioneros y decanos en lo suyo; y ambos han sufrido el dolor de verse superados por advenidizos. Ambos se resignan a sentirse parte de las esencias mientras comprueban como cualquier moda les desplaza, les arrincona, por las buenas, o por las malas. Y ambos miran con ojos de lástima la hipócrita palabra de tantos que manifiestan su apasionado amor a los colores de esta causa mientras la traicionan a la mínima. Algo así es ser del Levante UD.