Mis primeros recuerdos del fútbol en Valencia están ligados al trenet de Benicalap y a la grada norte de Vallejo detrás de la cual los niños podíamos correr a nuestro antojo cuando ya habíamos visto a Augusto encajar algún gol. Eran los tiempos en que los espectadores aún se referían, indistintamente al Gimnástico y al Levante.
Vallejo olía a huerta y era estadio con pista de atletismo, de tierra, que también servía para las carreras de galgos y no conservaba ya memoria del velódromo en el que incluso se habían celebrado campeonatos regionales y de España con Juan Bautista Lloréns como gran campeón. En la pista de atletismo se disputaron en 1941 campeonatos de España de atletismo. En la misma pista batió el record de marcha, nunca reconocido, Juan Antonio Caparrós. Yo aún vi ganar una prueba de fondo a Marcelino, quien corría en el equipo de la Papelera de San Jorge de Xàtiva, propiedad de la familia Molina.
Vallejo era un campo que albergaba dos familias. Una, la gimnástica, que llegaba cruzando el Pont de Fusta y la otra, la levantinista, que lo hacia desde la avenida del Puerto. La fusión de Gimnástico y Levante, dadas las especiales circunstancias de la posguerra, uno aportaba equipo y el otro, campo, se hizo sin grandes renuncias. No hubo crujir de dientes. En aquellos años tampoco había vientos favorables para la mínima protesta. Hasta las cuestiones deportivas se sancionaban manu militari. Las dos familias vivieron bien avenidas y fusionaron el Cabanyal con la granota.
Vallejo vivió hasta la década de los sesenta frustración tras frustración. Intentos fallidos de ascenso a Primera y algún doloroso descenso a Tercera, categoría que no tenía por delante la actual Segunda B. Uno de aquellos fracasos se produjo con un equipo que había hecho creer en la glorias. Si la memoria no me es infiel jugaban Navarro, Ventura, Landeta, Sampedro, Bilbao, Montalvo, Fayos, Martín, García Mulet, Morera y Basabe.
Los levantinistas padecieron algún arbitraje funesto como el del malhadado Ferrete y durante un tiempo la melancolía llevó a creer en la persecución del gremio arbitral y, naturalmente, al poco favor prestado por la Federación Valenciana. Al Levante le tocó vivir el papel del segundón. Y pese a ello algunos veteranos valencianistas acabaron en Vallejo. Álvaro, Iturraspe, Morera, quien fue jugador, secretario técnico y el alma del club muchos años, Pasieguito, Quique, Adorno, Héctor Núñez, Seguí, y hasta Wilkes. Quique, quien, como guardameta no pudo ascender en la eliminatoria con Las Palmas, en 1963, como entrenador y Ramón Balaguer de secretario técnico, consiguió el ascenso al eliminar al Deportivo de La Coruña. Allí subió el gato a la palmera.
Mis primeras imágenes levantinistas son de mi niñez y mi primer viaje profesional como enviado especial, para contar un partido de fútbol, fue precisamente a La Coruña cuando los héroes Rodri, Céspedes, Pedreño, Calpe, Castelló, Camarasa, Vall, Currucale, Wanderley, Domínguez y Serafín lograron el ascenso. Con anterioridad estuve en el Bernabéu en el de-sempate de Copa justamente con el Deportivo. Después del 3-0 vi llorar de manera incontenible a Currucale cuya emoción no logró aminorar el presidente del club don Eduardo Clérigues.
La historia centenaria del club sería incompleta si en sus mejores páginas no figurara el cuadro de honor de quienes fueron jugadores realmente históricos. Tal vez el más grande fue Gaspar Rubio, el hombre que hizo posible la primera derrota de la selección inglesa con los dos tantos que le marcó y por los que cobró veinte duros de la época, primeras primas concertadas por un futbolista con la Federación. En el corazón de varias generaciones y en la actuales por lo que todavía cuentan padres y abuelos, sigue estando Agustín Dolz, quien dejó para la el acervo cultural deportivo el grito de «Agustinet bombetja».
En la historia de la Guerra Civil española está el nombre de Salvador Artigas, el único aviador republicano que pilotó un Polikarpov ruso sin haber hecho el curso en la Unión Soviética. Fue el último aviador republicano que salió del territorio español a bordo de uno de aquellos aparatos. Años después cuando regresó del exilio fue entrenador del Valencia y falleció en Benidorm.
Jugador histórico por excelencia fue Fernando Nieto. Marcó el gol que dio la victoria al Levante ante el Valencia, en Sarriá, en 1937, en la final de la Copa del presidente de la República, titulo que aún le niega la Federación Española de Fútbol aunque si considera válido el del Sevilla, en 1939, pese a no ser menos espurio que el del Levante. Nieto, alicantino, jugó después de la Guerra Civil en el Barcelona y en su historial sí figura haber sido campeón en la temporada 41-42.
Carlos Caszely, chileno, fue gran jugador y curioso personaje. Un día declaró que tenía más facilidad para marcar goles cuando hacía el amor antes el partido porque ello le procuraba serenidad. Lo encontré en Santiago de Chile en los años noventa y aún me habló con cariño del Levante.
Nadie podría olvidar a Antonio Calpe, defensa internacional jugador de gran calidad, antes que leñero y que triunfó en el Real Madrid al que fue traspasado. Su padre ocupó la misma plaza en los años treinta y hasta cuarenta.
Johan Cruyff fue el fichaje más sorprendente de la historia del club. Costó aquel año doce millones de pesetas. En Barcelona suelen olvidar que fue azulgrana en Valencia. El holandés más grande que han pisado estadios españoles fue Servas Faas Wilkes. Era un prodigio en el regate. Podía dejar sentados a cuatro contrarios, como hizo en Mestalla una tarde contra el Barça con tan solo quiebros de cintura. Llegó mayor desde el Inter y en Vallejo era ya un jugador muy castigado, pero aún levantó admiraciones.