Uno de los aspectos más relevantes de la reciente elección de la sede de los Juegos Olímpicos de 2016 es, quizás, la demostración de la fuerza política y mediática del olimpismo. Tres jefes de estado y los cuatro jefes de gobierno de los países de las ciudades candidatas han estado presentes en Copenhague. El viernes día 2, el de la elección iba camino de Granada a impartir un master de gestión del deporte. En la radio no había otra cosa. Comiendo vimos en directo la presentación de España, y a las seis y media paramos para escuchar el resultado. Parecía que el mundo no tuviera otra cosa que hacer. Todos los programas del día se adaptaron a eso y la prensa publicó montañas de información ese día y los anteriores y posteriores.
Es posible que a muchos no les guste ver a sus más altos dignatarios pedir el voto a señores, muchos de ellos desconocidos, e, incluso, mendigar su apoyo, pero así son las cosas. Antes no era así, porque los miembros del CIO podían viajar a los diferentes países candidatos. Tras el escándalo de la nominación de Salt Lake City, se prohibieron esos viajes y la comisión de evaluación cobró un protagonismo enorme. Como Tony Blair, rompió la normativa en Singapur al entrevistarse con muchos miembros del COI el día anterior a la elección, se ha regulado esa forma de «lobby» para esta ocasión. No sabemos qué pasará en el futuro porque tampoco es cuestión de desairar a todos los presidentes o jefes de estado de los
países candidatos, menos a uno.
Y aquí está la clave: solo gana uno. Aquí no hay medallas de plata ni de bronce. Tienes que estar bien preparado, no cometer fallos, presentar un buen proyecto y aún así hay un alto grado de probabilidad de no salir. Todas las candidaturas eran buenas, desde el punto de vista técnico, pero como se ve y se sabe, no basta. Desde ese punto de vista París y Madrid eran mejores que Londres en 2012, pero no salieron. Ahora, Madrid era mejor que Río, pero tampoco salió. Pero era algo sabido. Desde el primer momento se sabía que lo tenía muy complicado porque desde 1952 (57 años ya y 64 en 2016, sin romper la tradición) no ha repetido un continente detrás de otro en la organización de los Juegos, razón por la que sorprende la virulencia de la respuesta de algunas personas que han ido a la capital danesa con la delegación oficial. Se han hecho insinuaciones de que el COI nos ha engañado, de que el voto ha sido «teledirigido» y cosas por el estilo, por no decir otras cosas peores. Consciente del tema, el propio Gallardón ha salido a la palestra diciendo que está muy agradecido al presidente del COI, Jacques Rogge, y que no tiene ningún reproche que hacer.
Como ha dicho algún otro dirigente, esas eran las reglas del juego. Si quieres juegas. Nadie te obliga a ello, y nosotros somos los menos indicados para quejarnos, que hemos tenido un presidente del COI que logró los votos necesarios para Barcelona, lo que nos permitió abrir el casillero de organizadores olímpicos y cambió el deporte en este país para siempre. Samaranch, precisamente, ha sido, antes y después, de los más prudentes, y gran parte de los votos obtenidos por Madrid se deben todavía a él. Porque si quieren saber lo que pasó, cual era la previsión del voto, les remito al excelente artículo de Julián García Candau, publicado en Levante-EMV, antes de la votación, el 30 de septiembre, o a uno que hice yo con más antelación, el 13 de ese mes.
Madrid es una excelente candidatura, pero los miembros del COI han optado por «hacer historia», dándoles los Juegos por primera vez a un país sudamericano en lugar de «hacer historia» rompiendo la tradición continental. Eso, quizás, es lo que ha llevado a los responsables de la candidatura madrileña a esos altibajos emocionales y actitudinales, desde una posición de prudencia durante casi toda la fase de preparación a una de tristeza y depresión tras el informe de la comisión de evaluación, pasando por una de alegría excesiva en los días previos, como si se fuera a ganar sí o sí, y por la inmensa decepción final. Como ha dicho Jaime Lissavetzki, ahora toca reflexionar antes de lanzarse a una tercera intentona consecutiva, y ha pedido que cesen ya las críticas al COI, que pueden perjudicar en el caso de lanzarse a ella. Y es que las críticas han molestado más en la casa olímpica por venir de dirigentes de federaciones que saben o deben saber cómo funciona esto, sobretodo hoy que ese organismo es más democrático que en toda su historia.
Pero todo esto no hace sino confirmar la fuerza del olimpismo, que en su apuesta por Río, ha visto la posibilidad de ser artífice del cambio extraordinario que, sin duda, se producirá en esta ciudad, como exponente de un país en fuerte ascenso socioeconómico, la quinta economía del mundo en 2016, y convertido en bandera y seña de identidad de toda Sudamérica y con un Lula que eclipsó al gran Obama. ¡Ahí es nada!