ÁLEX SERRANO VALENCIA
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Resulta sorprendente que a falta de menos de tres semanas para que dé comienzo en el Ágora de la Ciudad de las Artes y las Ciencias el Open 500 de tenis aún haya turistas que no sepan qué es el enorme revestido de láminas azules que se alza entre el Museo Príncipe Felipe y el Oceanográgico. "¿Esto qué es?", preguntaba ayer un turista británico que, como si aún fuera verano, caminaba en sandalias y pantalón corto hacia el Oceanográfico. La foto de rigor, sin embargo, no se le olvidó cuando supo que se trataba del Ágora, el mastodóntico edificio que albergará el penúltimo 500 del calendario los días del 31 de octubre al 8 de noviembre.
Lo cierto y verdad es que los alrededores del Ágora bullían ayer de actividad. Los esfuerzos de los operarios por acabar la construcción del coloso se ha convertido en una carrera contrarreloj bajo la atenta mirada de los paseantes que se acercan a la Ciudad de las Artes. "No parece que lo vayan a tener listo", comentaba Gonzalo, un valenciano que miraba con incredulidad a los trabajadores que, colgados a 50 metros del suelo, contemplaban a vista de pájaro el complejo futurista, haciendo las delicias de los niños que pasaban por la zona y señalaban a los "spiderman", como uno de ellos los llamaba.
Grúas, poleas, cables que cuelgan desde lo más alto del Ágora hasta el suelo, camiones y obreros... el movimiento entorno al centro multifuncional, cuyo uso más allá del torneo está por definir, era frenético en un día de fiesta nacional como era ayer. "Qué se le va a hacer, esto hay que acabarlo", explicaba un trabajador en un descanso. El sol que caía ayer sobre la ciudad de Valencia hacía difícilmente soportable estar en las calles, más aún trabajar a destajo para acabar una obra que tiene fecha límite: el día 31 de octubre comenzarán los partidos en la pista dura que se habilitará en el interior del edificio.
La dificultad de la construcción estriba en que las 169 láminas azules que recubren el Ágora deben ser instaladas a mano para permitir el ambicioso deseo del arquitecto Santiago Calatrava, que es que la estructura se pueda cambiar casi totalmente al abrir y cerrar la cubierta. Para ello, las láminas deben ser engarzadas una a una.