Un viaje refrán muy al uso afirma que «el dinero no da la felicidad», a lo cual, algunos contraponen eso de «pero ayuda a conseguirla». Viene esto a cuento de las últimos tropiezos del Real Madrid y del FC Barcelona, que han dado al traste con la repetida loa a los grandes del principio de temporada, de cada principio de temporada. Aquí ya no había Liga a pesar de un larguísimo calendario. Eso era cosa de dos. Pues mire usted por donde, el único que ganó el otro día en la Champions, fue el Sevilla. Y eso a pesar, de que año tras año, se le van un par de jugadores de los buenos, de los galácticos en ciernes. Pero en las últimas temporadas siempre está ahí y con un presupuesto lejano al de los dos grandes. Ficha con criterio y tiene un equipo, un colectivo, lo que no logran otros.
En el mundo del fútbol se olvidan con frecuencia dos principios básicos para triunfar: que es un deporte colectivo, y que la continuidad del grupo humano que lo conforma es imprescindible para un buen rendimiento. No son, sino dos normas fundamentales que se aplican, también, en el mundo empresarial, incluso podríamos decir que proceden de él, puesto que el nacimiento de las empresas es anterior. En las escuelas de negocios se enseñan como claves para el rendimiento, el trabajo en grupo y la composición de los mismos, lo que influirá en la integración de nuevos miembros, en el grado de cooperación, en la especialización y en la ejecución y desarrollo de las competencias de cada uno.
Uno de los factores más difíciles de resolver en las empresas es precisamente la integración de nuevos miembros, ya que de no hacerse bien, podría dañar su funcionamiento y, por ende, su estructura. La integración es «el grado de pertenencia, admisión y corresponsabilidad de los miembros de una entidad». Y si ya es difícil en una empresa, que suele contratar pocas personas en relación con el volumen total de trabajadores, mucho más lo es en un club de fútbol, que cuenta con una estructura pequeña y, en el caso de los principales protagonistas, los futbolistas, representan un grupo mínimo de trabajadores. No suele pasar de 25. Y ese es el gran error que se comete sistemáticamente en el mundo del fútbol: cada año se cambia un grupo importante de jugadores, o se cambia al entrenador y sus ayudantes, o las dos cosas a la vez.
Es lo que ha pasado en el Real Madrid, que encima, también ha cambiado de presidente y de junta directiva. Todos esos factores juntos, hacen tremendamente difícil el acoplamiento, por mucho dinero que se ponga encima de la mesa. Probablemente, incluso es peor. Por ello no es nada extraño, el titular con el que el otro un diario madrileño resumía la situación de este equipo: «240 millones después, brilla Raúl». Totalmente lógico. No en vano es un deportista (y trabajador) que procede de la cantera, que empezó a jugar en el equipo con 18 años y ya va por la treintena; es el capitán, está totalmente integrado y cree en los colores, en la empresa. Su grado de pertenencia es muy superior al del lesionado Ronaldo de los 94 millones, al elegante Kaká, o al duro Xavi Alonso, y no digamos nada del despistado Benzema. La cosa se complica, si tenemos en cuenta que todos ellos son de países y culturas distintas. Añadiéndole el ingrediente de un nuevo director de orquesta, Pelegrini, y el coctail resultas explosivo.
Todo esto debería saberlo Florentino Pérez, que procede de ese mundo empresarial, del que es uno de sus más genuinos representantes y un triunfador. Imagino que le puede su afición al fútbol, lo cual, en muchas ocasiones, nubla la toma de decisiones. Además, este enorme gasto y su segundo reinado coinciden con que en el Barça, su gran rival, sucede justamente todo lo contrario. Un equipo conformado e integrado, una estructura consolidada y un rendimiento extraordinario muy reciente. Y encima no se explican, que un segundón como el Sevilla (y puede que el Valencia, si afina) les ridiculice. Si completamos la visión con el buen rendimiento de equipos caseros, como el Deportivo o el Mallorca, la cosa sólo se explica leyendo los manuales de psicología del trabajo. En uno y otro club siguen, por tercera temporada consecutiva sus dos entrenadores y la base de la plantilla.
Si miramos a Europa, la comparación es aún más desfavorable, ya que el baile de jugadores y entrenadores en mucho menor. Resulta que la llamada mejor liga del mundo (¿de donde se han sacado eso?) fue vapuleada en la última jornada. El Madrid cayó ante el que tildaban como un equipo de veteranos; el Chelsea, con casi los mismos de otros años, le metió 4 al At. Madrid. Y ahí sigue el Machester United, sin Ronaldo, pero al frente de la Premier League, imbatido en la Champions y con el mismo entrenador desde hace 20 años. Ya saben, pongánse a leer manuales.