Los jóvenes de mi generación que comenzamos a peregrinar a Mestalla en los inicios de los años 60 de aquel siglo tan pasado, coleccionábamos como exvotos los cromos de Waldo, Guillot, Roberto, Mestre, Piquer, Zamora, Héctor Nuñez y demás héroes de aquellas primeras copas europeas del VCF. Como buenos catecúmenos de nuestra nueva religión, nos embebíamos la escasa bibliografía que narraba las gestas del club de nuestros amores, desde sus antecedentes inmediatos hasta los orígenes de su fundación.
Siempre, en esas historias oficiales, se daba por sentado que, durante los tres años de la Guerra Civil, la actividad futbolística se paralizó. Nada. Cero. Aquellos relatores -no merecen el nombre de historiadores aunque así se autoproclamaran- cortaban su crónica en el año 1936 "con la proclamación del glorioso Alzamiento Nacional" (sic) y la retomaban en 1939, "finalizada la Cruzada" (sic). Así se escribió la biografía del VCF durante los años del franquismo puro y duro, por relatores no sólo forzados, sino entregados a la causa.
Después, en el tardofranquismo, la mentira no fue corregida y los nuevas aportaciones bibliográficas siguieron ignorando la intensa actividad futbolística de los año de la guerra. (Del vergonzoso lapso, salió damnificado, por ejemplo, el Levante UD, del que se ignoraba hasta hace poco, que hubiera conseguido el título de campeón de la Copa de la República, él único en su historia y muy poco reivindicado por la directiva de Pedro Villarroel; más que una gloria, aquel trofeo, con esa denominación, les debía parecer un oprobio para el club azulgrana).
De ese asalto premeditado a la historia del VCF y de ese saqueo alevoso a la memoria colectiva, el principal perjudicado ha sido, sin duda, Josep Rodriguez Tortajada, presidente durante los tres años de la Guerra Civil y socio hasta su muerte en 1982, cuya figura fue escamoteada, no sólo por el franquismo, sino por la directiva que, instaurada ya la democracia, supo de su óbito y lo ninguneó hasta la ocultación. Nada sorprendente, conociendo el pelaje ideológico y la catadura moral de alguno de aquellos mandamases, de los cuales, todavía vive cierto ejemplar que debería ser enjuiciado por ese latrocinio.