En Madrid encanta la música cuya letra habla de la ruina económica, de la crisis del Valencia. En Madrid están interesados en fomentar el espíritu de bancarrota y la urgentísima necesidad de venta de estrellas. Los medios informativos, militantes todos, tienen en su política poner constantemente sobre la mesa la situación valencianista para rebajar el valor del mercado. En los últimos tiempos, los precios no los ha puesto ni siquiera Florentino Pérez, sino algunos turiferarios.
Estamos asistiendo al hecho extraordinario de que en los aledaños de Mestalla también se alimenta la necesidad de vender. El club, salvo que llegara el maná de la venta de las parcelas de Mestalla, se verá en la obligación de reducir su bien patrimonial más vendible que son los futbolistas. Pero esta cuestión, que debería ser digerida sin bostezos por los socios y seguidores y, por tanto, que no montaran en cólera cuando se produjera una venta, no debe llevarnos a magnificar la catástrofe y la urgencia de los traspasos.
En los tiempos en que la vereda derecha del Turia celebraba mercados de animales de carga jamás se oía a un vendedor hablar de los años del bruto, ni de su propensión a la cojera o a otra debilidad. Magnificar las desgracias lleva a rebajar los precios. Las desgracias propias no conviene contarlas ni a los amigos. Que se rían de su madre. De la actual junta directiva cabe destacar su claridad en la exposición de los hechos. Ocultar la realidad sería mantener las idílicas promesas de los mandatarios anteriores de funesto resultado.
No obstante, el futuro inmediato hay que sustentarlo en la creencia de que si hay clasificación para la Liga de Campeones las urgencias serán menos y en todo caso, de aquí a final de temporada será mejor decir ya hablaremos antes que afirmar mohínos que no hay otra salida. Por el bien del equipo tampoco es conveniente, deportivamente, constatar a cada paso que los mejores jugadores están en almoneda.