En tiempos de la gloriosa —trilogía de títulos, cuando Rafa Benítez— se ufanaba Pedro Cortés de que en todos los palcos que visitaba, tras recibir los obligados parabienes por la fortaleza que desplegaba el Valencia, sus colegas de poltrona respiraban tranquilos por perder de vista a un equipo tan duro de pelar. En el campo donde jugaba aquel VCF, la hierba tardaba unas cuantas semanas en volver a crecer. Su presencia era tan demoledora, que quince días antes de enfrentarse a él, los entrenadores contrarios ya andaban preocupados, comiéndose el coco para buscar la manera de contrarrestarle. Durante el partido, los rivales malgastaban inútilmente todas sus energías tratando de meterle mano, por un lado, por el otro, si atacándole de frente o si entrándole por detrás... Nada. No había manera. Acababan desquiciados, aburridos. Y aunque alguno lograba doblegarle, el sacrificio y el desgaste exigidos terminaban pasándole factura. De manera que, finalizado aquel suplicio, los dirigentes que lo habían padecido despedían con toda efusividad a Cortés —o a Jaume Ortí, aunque éste, más comedido, no iba presumiendo por ahí como PC — felices por no tener que sufrir una experiencia semejante hasta la vuelta.
El choque de Pamplona, me trajo a la memoria a aquel Valencia tan difícil de aguantar por sus competidores. Ojo: no digo que sea igual. Pero Emery se lo puso en chino a Camacho, que no es precisamente un fino políglota ni se caracteriza por su don de lenguas. Al contrario: desde la víspera, cuando el de Cieza comenzó a desbarrar, hasta después del partido que juró en arameo, él y su equipo acabaron desquiciados por este Valencia rocoso y a la vez brillante.
Unai recetó a su equipo una dosis mayor de músculo en el centro del campo y la fórmula resultó. Albelda y Marchena se marcaron un partido de lujo. El capitán aportó orfebrería y el ex, sabiduría, de manera que, con las espaldas resguardadas, los pitufos se desplegaron a sus anchas. Menos mal. Porque, si por una de aquellas, la jugada le llega a salir mal al entrenador, tendríamos a estas horas a sus detractores largando sin tasa. De esta forma, han callado cual rabizas y nos han evitado un dolor de cabeza.