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VICENT CHILET VALENCIA
La justicia y la épica se dieron cita en la Catedral, donde el Valencia sumó su quinto triunfo seguido a domicilio, alcanzó la tercera plaza y tiene al Real Madrid, que visita Mestalla el sábado, a tres puntos de distancia. Fue el triunfo de la ambición. El Valencia siempre mantuvo la iniciativa y la intención de ganar el encuentro, supo remontar y realizó un encomiable trabajo táctico en defensa, sobre todo en los últimos minutos, para contener las embestidas a la desesperada de un Athletic que cambió el conservadurismo por la heroica cuando lo tenía todo en contra.
Como sucediera en Pamplona, el Valencia no se dejó intimidar por su rival, que saca mucho provecho del juego vertical, de la potencia física y del apoyo de su hinchada. Para bloquear ése fútbol el Valencia impuso su sobriedad defensiva. Marchena y Albelda repitieron como mediocentros defensa y auxiliaron en todo momento a los centrales en la marca de los balones aéreos que trataba de bajar al piso Llorente. Los únicos problemas podían venir en las jugadas de estrategia, en las que los leones acumulan solventes cabeceadores (Llorente, Javi Martínez, Amorebieta, San José...). Sin embargo, la zaga valencianista evitó córners (el primero vino en tiempo de descuento) y ejecutó con éxito varias (arriesgadas) salidas para provocar el fuera de juego.
Además, en los minutos iniciales el Valencia mordió con peligro en ataque, como acostumbra a hacer con insistencia en sus visitas a domicilio, circunstancia que obligó a Joaquín Caparrós a extremar las precauciones defensivas. Silva es un jugador sin réplica pero de momento el Valencia no nota en exceso su ausencia. Especialmente destacable fue la ocasión de Mata en el minuto 17, al rematar junto al palo un buen centro de Pablo. El extremo castellonense, escorado a la izquierda en la pizarra, se desplazó a la derecha, su banda natural, donde se asoció con Joaquín y creó superioridad numérica por aquel flanco y haciendo sufrir a Koikili.
La lesión de Llorente, un dolor de muelas para el Valencia en los partidos precedentes, tendría que haber facilitado el partido para los visitantes, pero contra todo pronóstico igualó las fuerzas. Sin su ariete, las jugadas de ataque del Athletic eran menos previsibles por la mayor movilidad de su sustituto De Marcos, y con la posterior entrada del joven Muniain. En el último cuarto de hora de la primera parte el Valencia perdió contacto con la pelota. El juego se volvió más áspero e impreciso, poco a poco el partido se iba decantando hacia la salsa que más le gusta al Athletic, un rival en plena forma (hasta anoche llevaba sumados 10 de los últimos 12 puntos, cediendo sólo un empate, ante el Barça).
Golpe y réplica
A la fuerza la segunda mitad iba a convertirse en otro ejercicio de paciente perseverancia. Tocar, tocar y tocar hasta que la firme defensa bilbaína mostrara alguna grieta. Mientras, Emery no paraba de aplaudir a sus jugadores, a quienes pedía que no cayeran en la fácil tentación del pelotazo.
Pero llegaron entonces los cinco minutos locos que revolucionaron el encuentro, del 55 al 60. Marchena, que se ha erigido en un pasador exquisito, regaló un lujoso pase hacia Villa, que, con tiempo para enfilar barraca con tranquilidad, se precipitó al buscar una vaselina que no sorprendió a Iraizoz. La rabia fue doble porque dos minutos después en una acción aislada y desgraciada, Muniain le robó la cartera a David Navarro adelantó al Athletic al aprovechar un balón muerto dejado por el rechace de César. El gol era tan injusto que el fútbol no tardó en devolverle al Valencia la fortuna cuando la Catedral todavía rugía festejando el gol local. Pablo apuró la línea de fondo y colgó un centro al segundo palo que fue rematado por Villa con un excelente tijeretazo.
En la última media hora el Valencia incrementó su dominio. Costaba distinguir cuál de los dos equipos tenía la ambición que se corresponde al local. El segundo gol se olía en las incursiones de Pablo o la conexión entre Marchena y Villa. Además, Koikili, anoche desbordado en todo momento, fue justamente expulsado. Quedaban quince tensos minutos para el asedio total. Emery redobló su declaración de intenciones con la entrada de Zigic y el Athletic se defendía con uñas y dientes, con su parroquia exigiendo tarjetas en cada falta valencianista. Entonces llegó el segundo gol valencianista, en el que Mathieu, una locomotora, embocó a la red un gran zurdazo tras un deficiente despeje de Iraizoz. El partido parecía cerrado, pero quedaba reservado un furioso arranque de orgullo del Athletic, con uno menos, espoleados por su hinchada. Gol bien anulado a Iraola, penalti inexistente de David Navarro que David López estrelló en el palo, ataques con bayoneta con Iraizoz de delantero, manopla de César... pero quedó la victoria de un Valencia que deleita en ataque y sabe sufrir en defensa. La fórmula idónea en todo equipo que aspire a lo máximo.
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