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HEMEROTECA » |
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unque a los interesados les cueste aceptarlo, está empíricamente demostrado que los éxitos en el fútbol se obtienen a pesar de los dirigentes. Y al revés: los gestores brillantes no garantizan equipos victoriosos. El axioma está suficientemente contrastado.El ejemplo más actual lo constituye el Mallorca, que, pese a sus incesantes cambios de propiedad y de dirección en los despachos, se ha convertido en la revelación de la Liga. El mérito habrá que atribuírselo a Gregorio Manzano, un técnico que trabaja a fondo el aspecto psicológico de sus jugadores, y no a sus directivos, que han convertido al club, siempre de mano en mano, en una especie de "falsa monea". El entrenador mallorquinista ha sabido preservar al vestuario de los vaivenes accionariales que sufre la entidad, y preservar la autoestima de sus jugadores.
Hay ejemplos de todo lo contario, pero son los menos: el Madrid de (don) Santiago Bernabeu basó una buena parte de sus triunfos en la sagacidad y el talante socarrón y a la vez exigente de su legendario presidente, que tenía muy clara la división de poderes. De ahí que un día que (don) Antonio Calderón, el supergerente, osó entrar en el vestuario en el descanso de un partido, para pedirle explicaciones a Enrique Mateos, que había fallado un penalti, se encontró con la contundente repuesta de Alfredo di Stefano: "Usted, a vender entradas". Y le señaló la puerta de salida. Calderón agachó la cabeza y se largó sin rechistar. Di Stefano tenía muy clara la división de poderes.
Más fresco está el caso de la Selección española, que se alzó con el título en la Eurocopa, pese a tener de presidente al lumbrera de Ángel María Villar, prototipo del zoquete. En realidad, en ese equipo no pintaban nada el presidente y su plana mayor. El jefe del vestuario era Luis Aragonés, que armó un conjunto de armoniosos futbolistas y lo inmunizó contra los virus del entorno que le acechaban: los dirigentes y el periodismo.
Otra demostración de que un equipo no tiene nada que ver con sus mandamases es el Barça. Su exclusivo trébol de seis hojas no germinó en el palco del Camp Nou, sino que se cultivo en el vestuario. Más aún: el jardinero fue Pep Guardiola, quien debe arder en deseos de perder de vista a Joan Laporta.
Al Valencia que alcanzó los últimos títulos, se le suponía comandado por un variopinto Consejo de administración, cuyas disputas internas y las consiguientes intrigas externas, convertían al club en noticia de página de sucesos y tribunales, casi a diario. En cambio, en aquellos inolvidables años, Florentino Pérez, tenido por empresario modélico y exitoso gestor -y ahí está de nuevo, reclamado por las masas y respaldados por los medios de comunicación más influyentes, que le sirven e inciensan- contempló como zozobraba su proyecto galáctico.
Conclusión: son los logros de los jugadores, los que hacen buenos a sus directivos. Y viceversa: de un pésimo gobierno, puede surgir un conjunto ganador. Todo es cuestión de que el entrenador sepa guarecerse de las tempestades de las alturas y resguardar a sus futbolistas en el vestuario. Deberían tenerlo en cuenta los repartidores a domicilio de méritos gratuitos, para no caer en el ridículo.
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