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ntonio: ¿Sigues teniendo tan buen saque en la mesa como cuando jugabas en el Atlético?
-Tengo un finquita de naranjos en Nules con una casita. Suelo ir muchos días y cocino una paella para dos, pero como el otro no viene....
Víctor Martínez, secretario técnico del Atlético de Madrid, le hizo esta pregunta a Antonio Pérez Balada, ex portero del Nules - donde nació en 1919- Castellón, Atlético de Madrid y Valencia, en el eremitorio de la Virgen de Gracia en Vila-real, en 1982. Habíamos regresado de Barcelona de presenciar el partido inaugural del Mundial y a Víctor se le ocurrió que nos acercásemos a casa de Antonio para que almorzara con nosotros. Ambos fueron buenos amigos durante la estancia del nulense en el Atlético. Los dos tenían en común, además del fútbol, haber pertenecido a la llamada "Quinta del Biberón". Fueron de los últimos soldados reclutados por la República. A Víctor le tocó el frente de Castellón por la zona de Sacañet. Antonio estuvo en la Batalla el Ebro y de allí acabó en Francia en campos de concentración. A Víctor lo liberaron en Valencia, después de pasar por un campo de concentración en Mora de Rubielos, y una improvisada cárcel en una escuela de Villar del Arzobispo. En la estación del Norte le cambió a un moro de los de Franco la cazadora de cuero que llevaba por un saquito de lentejas. No quería llegar a casa sin llevarle algo de comida a su madre.
Antonio me contó un día su azarosa vida en los dramáticos años de la Guerra Civil y los meses que pasó en campos de concentración franceses en los que el hambre le dejó recuerdos imborrables.
El 18 de julio le pilló en Nules. Jugaba en un equipo llamado Peña Misteriosa y su hermano era portero titular del equipo local. En 1938 fue incorporado a filas. "Llegué a Cataluña en el último tren que cruzó el Ebro". Sus primeros días los vivió en un frente sin escaramuzas. Él y sus compañeros se bañaban en el río, en Mora de Ebro y los franquistas, en la otra orilla. "Cuando comenzaron las hostilidades saltamos a sus trincheras y les pillamos dormidos. Hicimos prisioneros y nos dirigimos después hacia Zaragoza. La aviación nacional paró nuestra marcha. En el bombardeo huímos nosotros y ellos. Nos paramos y comenzó la Batalla del Ebro. Pasamos el río hacia terreno fascista, pero una noche la ofensiva nacional nos hizo cruzar otra vez hacia Cataluña. Quien no ha visto aquella batalla no ha visto nada".
"En la retirada, quienes no sabían nadar echaban un mulo al agua y con tanta carga se ahogaban río abajo. Me puse el machete en la boca porque temía que alguien se colgara de mí y era preferible que se salvara uno a que se ahogaran dos. Estuve en Antitanques. De allí me llevaron a Reus. De Nules salimos veinticinco de la quinta y regresamos cuatro".
La guerra no acabó allí para Antonio porque lo agregaron a una batería en Reus y participó en la batalla del Segre. "Para retirarnos con vida y salir del cerco tuvimos que romper las paredes del cementerio de Lérida". En la retirada vio que los catalanes se iban a casa y decidió abandonar la guerra. Se escondía de día y caminaba de noche. Pasó a Francia y "en Portbou los gendarmes me hicieron tirar las armas al suelo. En el primer puesto me dieron un plato de caldo, leche y medio chusco. Con otros prisioneros fui al campo de Saint Cipryen y después al de Agde. Estuve casi seis meses en manos campos. En Saint Cipryen no nos daban de comer y bebíamos agua del mar que nos produjo diarreas. En Agde tuvimos barracones de madera. Para combatir el frío quemamos toda la madera que encontramos".
Agde le dejó la peor de las memorias. "Había gruesas alambradas que nos separaban del barracón de la cocina y allí pasábamos horas mirando como comían los oficiales que, para darnos envidia, tiraban por encima de la alambrada lentejas y garbanzos por los que nos peleábamos". "El cocinero era homosexual y a los más altos, los que más le gustaban, nos invitaba a comer dentro de la cocina cuando desaparecían los oficiales. Me daba un plato de buena comida, pero mientras yo manejaba la cuchara con aquella fruición que producía el hambre él me tocaba. 'Mámamela maricón, mentres jo puga menjar', le decía sin que me entendiera. Hubo un chivatazo y desapareció el cocinero y la comida".
El fútbol fue el gran alivio en el campo de Agde. En Saint Cipryen jugaron en la arena algunos partidos, pero la falta de alimentación les obligó a parar. En Agde cambiaron las circunstancias. "Organizaron un partido contra el equipo local y me seleccionaron. Durante cinco días nos dieron buena alimentación para que estuviéramos en condiciones de jugar. En aquel equipo coincidí con Palomeras, contra el que luego me enfrenté en un partido Castellón-Badalona. En Agde jugué con Paco Mateo, quien era un formidable delantero centro. Me vieron jugar y me dijeron que Samitier vendrá a por mí, pero me quedé con las ganas. El hermano de Paco jugaba de medio en el Sevilla y era homosexual. Caí al suelo en Castellón y se vino rápidamente a verme y le eché a gritos para que no me tocara".
Pepe Samitier y Ricardo Zamora jugaron en ese tiempo en el Niza y de ahí que le hablaran de la posibilidad de cambiar de situación. A Paco Mateo, con Salvador Artigas lo sacó de Gurs Benito Díaz que entrenaba al Girondins.
El final de su dramática peripecia bélica llegó en 1939. "De la guerra salí con heridas morales, pero me pude reincorporar a la vida civil sin grandes problemas. En realidad tenía diecisiete años cuando me mandaron a la guerra y no sabía quienes eran Negrín o Franco, ni me había significado políticamente. De Agde salí por porque conseguí papel y sobre. Escribí a casa y me mandaron los avales necesarios para volver a Nules".
A finales del 39, el Nules fue a jugar a El Sequiol y su hermano le pidió que lo hiciera en su lugar. En eliminatoria de Copa contra el Castellón hizo dos grandes partidos y lo ficharon. Allí coincidió con Nebot (Club Deportivo Villarreal, Castellón, Real Madrid, Valencia, Castellón y C.D. Villarreal) y Marzá (C.D. Villarreal, Castellón, Real Madrid y Celta). En aquel Castellón también jugaron Martínez, Medrano, Antolí, Selma, Santacatalina, Guilén, Santolaria, Arnau, Hernández, Basilio, Safont y Pizá.
Se hizo con la titularidad y el Madrid pretendió ficharle. Incluso llegó a firmar la ficha que le puso delante Pablo Hernández Coronado. Sirvió de intermediario Gallart, secretario del Levante. Los lloros de la madre le llevaron a pedir al Madrid que le relevara del compromiso. Tras la dolorosa ausencia temía la mujer que en Madrid tuviera alguna desgracia. Le dieron 150.000 pesetas, una fortuna, y devolvió el dinero. Hernández Coronado le dijo que si era para quedarse en el Castellón no había problema. Posteriormente, le llegó la oferta del Atlético y, caballerosamente, la comunicó al Madrid. Le dieron permiso para que fichara por el adversario.
"Come panes. Tienes lo ojos llenos de migas de pan". Alfonso Aparicio, defensa internacional del Atlético y años después entrenador del Levante, le increpaba cada vez que le marcaban un gol de manera casi absurda.
En el Atlético ganó fama de comilón. Según me contó, tenía dos abonos para desayuno, almuerzo y cena en el restaurante que tenía "La Posada del Peine". Le daban dos primeros platos, dos segundos, dos panecillos y dos postres. Su estómago era pozo fin fondo.
Pérez fue fichado por el Valencia en 1949. Ignacio Eizaguirre estaba dispuesto a regresar a San Sebastián como Silvestre Igoa y Epifanio Berridi "Epi". Pérez vino como recambio y consiguió poner nervioso al donostiarra en el tiempo en que estuvieron juntos. Logró quitarle la titularidad en las dos primeras temporadas. Fue épica la semifinal de mayo de 1950. Perdió el Valencia 5-1 en San Mamés y en Mestalla (Pérez; Asensi, Monzó, Díaz; Santacatalina, Puchades; Gago, Pasieguito, Amadeo Igoa y Seguí), Puchades e Igoa en dos saques de esquina marcaron los primeros tantos y al descanso se llegó con 3-0 con diana de Amadeo. En la segunda parte Zarra marcó dos goles y uno desde 35 metros que Pérez no evitó. Cuando todo parecía resuelto, Amadeo logró el 4-2 y Gago el quinto. Igoa batió de nuevo a Lezama y con el 6-2 se jugó la prórroga que terminó sin goles. La segunda prórroga acabó en tres minutos con el tanto de Gainza.
En una de las jugadas en la portería valencianista Pérez recibió un golpe y ya estaba preparado Eizaguirre para sustituirle cuando le levantó y dijo que iba a terminar el partido con el clamor de la grada por el héroe.
Pérez que fue un ídolo en las dos primeras temporadas pasó al banquillo porque su irregularidad permitió que ascendiera Quique. En las dos últimas campañas no jugó un solo encuentro.
Humanamente, hasta el final de sus días, fue un hombre que supo gozar del placer de la mesa. Fue la venganza contra el síndrome del hambre padecido en la miseria de los campos de concentración franceses.
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