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HEMEROTECA » |
Relato de un viaje de pesadilla: un miércoles de septiembre de 1995 el Levante jugaba partido de Copa en Castalia frente al Castellón. Para ir a verlo quedamos con un amigo, cuyo nombre omitimos, a las siete de la tarde en el peaje de Puzol. Llegamos allí, aparcamos, y le esperamos. A los pocos minutos apareció. Subimos a su coche y nada más salir del peaje pisó a fondo el acelerador. Le miramos con temor. Su mirada lo delató. Llevaba una embriaguez de no te menees. «¡Vamos a ganar, Salva, vamos a ganar! ¡Daremos una zurra al Castellón! ¡Levante, Levante…!» cantaba con entusiasmo, beodo como una cuba. Nuestro amor a la vida lo sentimos seriamente amenazado. El futuro lo vimos desaparecer. El amigo empezó a ir de lado a lado en el carril de la autopista, cantando y soltando el volante. Notamos el sudor frío del final de la existencia.
En esta situación rememoramos los besos de nuestra madre, la primera comunión, la boda, los nacimientos de los hijos. Vimos a compañeros y compañeras de todos los años, a la «querida esposa», a nuestro padre fundido en un abrazo en Vallejo cuando subimos a Primera. Como en un carrusel de imágenes y sensaciones pasó lo mejor de lo vivido ante nosotros. Dicen que suele ocurrir en la antesala del más allá. En esos momentos pensábamos que estábamos en ella. «¡Vamos a ganar al Castellón!» seguía diciendo nuestro amigo, yendo a la suya, recreándose en la locura al volante. No escuchaba cuando le rogábamos que disminuyera la velocidad y estuviera atento a lo que hacía. Nos sentimos impotentes ante la fatalidad. Los carteles indicadores de las salidas de la autopista pasaban como ráfagas de letras que no acertábamos a identificar. No sabíamos si andábamos por Almazora, Nules o Villarreal.
Entonces nos encogimos en el asiento, aterrorizados, maldiciendo nuestra afición al fútbol. Cerramos los ojos y esperamos el momento de despedirnos de este mundo. Pero de pronto algo sucedió. Sentimos como el coche frenaba bruscamente. «Ya hemos llegado, Salva», escuchamos a nuestro amigo. Abrimos los ojos y comprobamos que estábamos al lado de Castalia. Bajamos del coche rápidamente y besamos varias veces el suelo. Después la historia fue muy distinta. A la alegría de la supervivencia se sumó el triunfo del Levante sobre el Castellón por cero a tres, creemos recordar. Además nuestro amigo se serenó en el campo viendo el partido y tomando agua mineral en la cena posterior. A su lado la vuelta a casa transcurrió ya sosegada y sin incidencias. El viaje de ida quedó atrás como una experiencia terrible e inolvidable. En la tarde de hoy el Levante visita el mismo Castalia en partido de liga. Deseamos a los levantinistas desplazados desde Valencia que lleven buenos y serenos conductores. Que no les pase como a nosotros en el viaje narrado, que lleguen relajados al campo y disfruten de una victoria granota. Necesaria, entre otros motivos, para olvidar lo sucedido la temporada pasada cuando el defensa Rafita del Castellón cometió uno de los penalties más claros de la historia del fútbol y no se pitó. Despejó un balón con el brazo en la línea de meta y el árbitro Iglesias Villanueva lo ignoró de manera escandalosa.
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