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HEMEROTECA » |
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a influencia social que tiene el deporte es inimaginable. La victoria alemana en el Mundial de Italia 90 ayudó a unificar a los germanos tanto como la caída del muro de Berlín. Cinco años después, Nelson Mandela utilizó el Mundial de Rugby de Sudáfrica, con heroica victoria local sobre la poderosa Nueva Zelanda, como la mejor herramienta de reconciliación entre sudafricanos blancos (bóers e ingleses) y negros (xhosas, zulúes...), después de décadas de opresión del apartheid. Lo narra con sapiencia el periodista John Carlin en "El factor humano" (Seix Barral). La esencia de ese libro la simplifica en exceso en el cine Clint Eastwood en "Invictus". (Al genial autor de "Million Dollar Baby" y "Gran Torino" se le debe perdonar todo, desde esta película, a que sea republicano o que obligase cada año a la Warner a enviarle un pavo congelado para regalárselo a su madre en el día de Acción de Gracias...)
Hay pocos conflictos en el mundo que tengan una naturaleza, y una solución, tan compleja como Sudáfrica. Un sentimiento de rencor y venganza, heredado de sufridas generaciones mártires del apartheid. En esos casos, la revolución suele llevar aparejada la victoria sobre el enemigo mediante su destrucción. Pero hay excepciones como la de Mandela. Su carisma y poder de seducción obraron el milagro. En sus 27 años de cárcel, optó por aprender a conocer, comprender, perdonar e incluso querer a su enemigo, al responsable del dolor de su gente. Sin que eso se entendiera como una rendición o una traición a quienes habían caído por la libertad. Porque cambiar la venganza por la reconciliación implicaba la mejor defensa de esos viejos ideales. Porque ese ejercicio de generosidad, asimismo, acarreaba en el adversario la responsabilidad de pedir perdón ante sus crueldades. Un costoso camino hacia la reconciliación que no se ha cerrado, en un país donde más de un millón de blancos, de clases altas y medias, ha emigrado hacia Australia y Nueva Zelanda, en un país donde no se han erradicado muchos de los guetos y los índices de criminalidad y de infección de sida son altísimos. La Sudáfrica que no ha cicatrizado su pasado, la Sudáfrica que con crudeza y prosa firme escribe J.M. Coetzee.
Mandela aprendiendo afrikáans en su reducida celda. La selección nacional de rugby, los orgullosos bóers de los Springboks, aprendiendo el viejo himno de resistencia negro en lengua xhosa, el "Nkosi Sikelele", para cantarlo junto al grito de guerra afrikaner, el "Die Stem", antes la final del Mundial ante la Nueva Zelanda de Jonah Lomu, una bestia de 120 kilos que recorría los 100 metros en menos de 11 segundos. Así se ganan también batallas.
También ayudaría el hecho de que los neozelandeses fueran envenenados en una cena, 48 horas antes de la final. Una maniobra supuestamente urdida por Thabo M'Beki, que relevó años después a Mandela en el poder. Sólo cuatro integrantes de los All Blacks, que se escaparon del Sandton Crowne Plaza para comerse unas pizzas con las que vengarse de la rgurosa dieta, se salvaron de la grave intoxicación. Así lo denunció años después en su biografía, "Un paso por detrás de Mandela" (Paperback), Rory Steyn, a quien se asignó la seguridad de la delegación kiwi. Steyn, que fue elevado posteriormente a escolta de Mandela y que en la actualidad integra el entramado de seguridad de cara al próximo mundial de fútbol, desconocía la operación, pero no le quedaron dudas cuando entró a medianoche en la habitación del doctor de Nueva Zelanda y vio a una decena de jugadores tumbados por la moqueta entre descontrolados vómitos: "Aquello parecía la escena de una película de guerra [É] No había ninguna duda de que habían sido deliberadamente envenenados", recuerda Steyn. Andrew Mehrtens, una de las figuras del equipo, estaba entre los más afectados. A la mañana siguiente, sólo cuatro jugadores bajaron a desayunar (¡bingo!, los que cenaron pizza) y el entrenamiento programado quedó suspendido. Los All Blacks, claros favoritos, llegaron al estadio Ellis Park debilitadísimos, como el brasileño Branco cuando aceptó, en el Mundial de Fútbol de Italia 90, el bidón de agua infestado de porquerías laxantes que se le ofreció desde el banquillo argentino por gentileza de Bilardo. Pero, ni entonces ni ahora, Nueva Zelanda usó el caso como excusa para justificar la derrota por 15-12 en la épica final. Así de noble es el rugby.
Ni Carlin ni Eastwood hacen referencia a aquel turbio episodio.
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