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omo casi todo el mundo sabe, este año se celebra en Sudáfrica la Copa del Mundo de Fútbol. Sólo por eso, las miradas están puestas en este país desde hace un tiempo, y lo estarán mucho más conforme se acerque la gran cita del mes de junio. Pero es que la recién estrenada película "Invictos", la acaba de poner de moda. Subtitulada, "El factor humano", tal cual el libro que ha dado lugar a ella, escrito por John Carlin, escritor inglés afincado en nuestro país y magnífico columnista deportivo.
El libro se publicó hace casi un año, y dio lugar a algunos artículos interesantes, como el del catedrático de Derecho Civil de la Universidad Pompeu Fabra, Pablo Salvador Coderch, sobre todo. También el escritor Eduardo Mendoza alabó el libro. En aquel momento, fue una cuestión de especialistas o ilustrados; ahora, gracias a la película (algunos dicen que no es muy buena, pero ahí está Martín Freeman, nominado a los oscar), la historia será conocida por el gran público. Estos artículos, junto a otros sobre las reivindicaciones de John Carlos y Tommy Smith en el podio de los JJ OO de México en 1968 contra las políticas discriminatorias y racistas en Estados Unidos, me sirvieron para ilustrar un debate sobre el deporte y la política en la Universidad.
John Carlin cuenta una historia real que pone de manifiesto el acierto y la habilidad de Nelson Mandela al asumir como elemento de identificación de la mayoría negra, la pasión por el rugby de la minoría blanca, "los afrikáners", sus otrora verdugos y carceleros. Como comenta Salvador Coderch, "en aras de un objetivo estratégico que parecía inalcanzable: conseguir un gobierno de mayoría negra sin que hubiera una guerra civil, miles de muertos y exiliados y la ruina del país"". Y para ello Mandela consiguió que Sudáfrica fuera designada sede del Campeonato del Mundo de 1995, tres años después de su reincorporación al movimiento olímpico que se produjo en los Juegos de Barcelona 1992. Y no sólo obtuvo ese logro, sino que, además, su país ganó el campeonato y Mandela apareció entregando los trofeos con la típica camiseta verde del equipo nacional, un auténtico sacrilegio para muchos de sus compatriotas negros, pero asumido finalmente gracias a su gran prestigio y carisma.
Deporte y política han ido de la mano siempre, mucho antes, incluso, de que éste naciera como tal, de forma organizada, en la Inglaterra de la Revolución Industrial de mediados del siglo XIX. Y así continuaron una vez que Pierre de Coubertin y otros ilustres personajes, crearan en 1894 el Comité Internacional Olímpico en la Universidad de La Sorbona en París. Así, a Alemania no se le dejó participar en los Juegos Olímpicos de Amberes en 1920, ni en los de 1948, como castigo por "desatar las dos guerras mundiales". Japón, también fue castigado en 1948, y los Juegos no se celebraron en 1916, ni en 1940 y 1944. Los de 1916 y 1940, además, ya estaban adjudicados antes de los conflictos, a Berlín y a Tokio, respectivamente. En ambos casos también les retiraron la designación. Y una y otra ciudad tuvieron que esperar 20 y 24 años para poder organizar sus primeros Juegos.
Algo similar le ocurrió a Sudáfrica, apartada del movimiento olímpico y de todas las competiciones oficiales de deportes olímpicos, desde los años 60 hasta 1992, por su política de "apartheid". Significativamente, muchos de los países que promovieron esa exclusión seguían comerciando con ese país en una clara demostración de la hipocresía diplomática mundial. Sobre el deporte, a partir de la importancia que adquiere tras la II Guerra Mundial, recayeron muchas de estas injusticias. La propia China, con su enorme territorio y extraordinaria población, estuvo fuera del deporte internacional hasta finales de los años 1970 (justificado por su propio aislamiento), por no reconocer a la actual Taiwan, la China oficial para el CIO, durante bastante tiempo.
Pero hoy, de todo eso no solamnete no queda nada, sino que nos aprestamos a vivir una etapa con una Sudáfrica sobredimensionada, quizás, con empacho de noticias sobre ese pais, lo que nos permitirá conocer sus ciudades, sus gentes, su economía, su cultura y, por supuesto, sus estadios al detalles. Es la grandeza del deporte moderno, la actividad humana más extendida del siglo XXI. Su fuerza y su utilización política la vemos continuamente, a veces de forma muy negativa. Empero, su capacidad de transformación social se resume en ese ya famoso partido de rugby que sirve de hilo conductor al libro de Carlin, cuyo subtítulo ("Nelson Mandela y el partido que salvo a una nación") fija la importancia que tuvo en el devenir histórico.
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