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HEMEROTECA » |
Ahora entiendo a esa gente que sostiene sin rubor, a veces horrorizada, otras displicente, o simplemente aburrida, que no le gusta el fútbol. Y, menos aún, que le interese. Nunca acababa de creerme la indiferencia ante un fenómeno de esa magnitud y siempre sospeché que, quienes así opinaban, lo hacían por epatar, que lo suyo era más una pose ensayada que una actitud espontánea. Pido perdón a todos. Nunca más volveré a albergar tales pensamientos impuros, ni a descalificar a los antifutboleros.
La otra noche, contemplando la Superbowl, me sentí como ellos. Era la primera vez que veía, entero, un partido de fútbol americano. También será la última. No sólo no entendí nada, sino que, pese a la espectacularidad de la puesta en escena de la televisión, me pareció, en su vertiente puramente deportiva, una representación aburrida, sin ritmo, y de tediosa duración. Ni logró captar mi interés, ni quiero que ningún apóstol de la causa intente evangelizarme. No estoy para perder tiempo. No me atrae lo más mínimo un deporte plagado de interrupciones y de tiempos muertos. Hay acciones vibrantes, sí, pero tan fugaces que, sin las abundantes repeticiones de la tv, resultan dificilmente perceptibles.
Nadie como los americanos dominan las claves del «show-business», pero tampoco hay muchos con su simpleza chovinista. Aún así, consciente de que lo que acontece en el estadio resultaría insoportable por si mismo para su clientela, la televisión montó una gala paralela que, en este caso, incluía un apoteósico escenario en el centro del estadio desde el que The Who animó el larguísimo descanso. Ni la vestimenta galáctica de los jugadores, ni sus aparatosas protecciones, ni los impactantes primeros planos de sus rostros, logran mitigar la estulticia de una pelea demasiado sofisticada de normas y comportamientos como para resultar creíble.
A mi desencanto contribuyó, en gran medida el chabacano «Carrusel» que emitió la Ser. Ya anunció su director que el objetivo de los comentaristas, esa noche, era «mamarse» [sic]. No sé si lo consiguieron pero, desde luego, lo pareció. Encabezados por ese patán que es (Hi) Póli (to) Rincón, el resto de la cuadrilla sacó a relucir lo más ramplón de cada uno de ellos, que no es poco, y que ya dejan asomar en los carruseles ordinarios —nunca mejor dicho— de cada fin de semana, para deparar un programa zafio, machista e insultante. Impropio de esa cadena y más ajustado al modelo de su denostada rival, Intereconomía. Lamenté no haberme ido a dormir antes.
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