F
ue el Valencia más plano de los últimos tiempos. Y eso que Rubén Baraja intentó sacarle aristas, pero no hubo manera. Los de arriba se dejaron arrastrar por la desidia y la molicie. Y los de abajo, con un sistema defensivo parcheado, bastante hicieron con restañar las heridas provocadas por las cuantiosas bajas. El equipo atraviesa el momento más crítico de la temporada. O reacciona y saca el carácter, recupera la personalidad y el dinamismo, o corre el peligro de entrar en una dinámica negativa y acabar descomponiéndose.
Cuando el Valencia pierde la chispa de esta manera, paulatina pero inexorablemente, como le sucedió frente al Racing Club, el entrenador debería tener preparado un plan B que sirviera de reactivo. Una vez más, los cambios fueron reiterativos y no rompieron, ni siquiera alteraron, el juego absolutamente previsible para el rival, que nunca se sintió incómodo en el partido. Hacía -hace- falta un revulsivo, un aguijonazo que espabile a un once acomodado. Ya, contra el Werder Bremen mañana. Antes de que sea demasiado tarde y lo levantado hasta ahora, se desmorone.