ALBERTO SOLDADO VALENCIA
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Andan los tiempos tan faltos de valores fundamentales que encontrarse con la virtud de la perseverancia es un regalo para el espíritu. Y ayer en el viejo Pelayo, escenario de tantas hermosas páginas en la historia de la pelota valenciana, asistimos a una lección moral envuelta en la belleza de un final del campeonato más grande de este deporte. No está de más recordar en un día como el de hoy, aquella vieja fábula de Esopo, en la que la tortuga se hizo con el desafío de velocidad derrotando a la liebre. Aquí, nadie se ha confiado, nadie ha mostrado gestos de soberbia pero sí que ha brillado, y de qué manera, la virtud de la constancia, del trabajo, del espíritu de superación, de todo eso que se resume bajo el concepto de perseverancia, tan alabada por los grandes triunfadores en la historia de la Humanidad. Y el equipo de Alcàsser es paradigma de sus beneficiosos efectos. Ayer, en Pelayo venció un equipo que ha sabido levantarse tras la caída de Genovés.
Aquel bofetón por 60 a 25 hubiera derrumbado las murallas más firmes de cualquier deportista falto de ese valor. Pero Pedro, minutos antes de comenzar la partida, ya advertía que en Pelayo "nada sería igual que en Genovés". Y Oñate, lo mismo. Y Javi, otro tanto. Y vaya si cambiaron las cosas. El secreto del éxito no está en derribar a alguien, sino en levantarse cuando te derriban.
Espíritu ganador
Con espíritu alegre y confiado, Pedro, Javi y Oñate no se inmutaron al oír cómo las apuestas ofrecían un claro testimonio de la opinión de los "catedráticos". Todos pensaban que Pedro haría una heroicidad si llegaba a 50. Después de lo de Genovés me temo que sólo Pedro, Javi y Oñate creían en su victoria. Así es que, a poco de comenzar, 20-30 a su favor, y después, 25-35 y "val" para largarse tres juegos. Estaba claro que allí había un equipo que tenía fe en remontar y otro que mostraba dudas y debilidades. Pedro remató un juego en el resto de forma magistral: 30-45. Volaron en Pelayo almohadillas y chaquetas en su honor. Y él, callado, firme, cruzó el trinquete humilde y confiado. al tiempo que se crecía y todo lo restaba, sin errar ni una sola pelota en toda la partida. Perseverancia en el espíritu y en la inspiración. Y Oñate enaltecía el valor de la magia. En cierta ocasión pareció sacarse una pelota del calcetín. Era imposible devolver aquello, junto a la cuerda, una pelota a la altura del tobillo. Nadie sabe cómo, pero lo hizo. En la cercana plaza de toros habrá mucha torería estos días pero Oñate los ha dejado a la altura del betún. Para torería, para lidiar, mandar, rematar y brindar a la afición, Oñate.
Javi, demoledor
¿ Y Javi? Pues Javi fue Javi porque pudo respirar, se liberó de las apreturas de un trinquete pequeño y divisó el amplio horizonte donde soltar el brazo y picar la piedra de Genovés, y las manos de Salva. En el trío sólo Nacho se mostró acorde con su exquisita calidad. Genovés II jugó ayer como dice Di Stéfano que juega el Madrid: a empujones. Empujó en la recta final, cuando el 35-55, lo que le permitió recuperar dos juegos y soñar con la remontada.
Pedro, rey indiscutible
Momento en el que vimos a Pedro I el Grande, hijo de Jaume el Conqueridor y Violante de Hungría, Rey de Valencia y Conde de Barcelona. Fue aquél, dicen las crónicas, un hombre perseverante como pocos, capaz de enfrentarse a moros y cristianos, en tierras lejanas y cercanas y salir victorioso de los trances más complicados. Pedro, hombre comprometido con todo lo que signifique el ser valenciano, pareció, por momentos, la mismísima reencarnación del tenaz joven monarca, el segundo del viejo y entrañable Reino de Valencia. O para entendernos: la reencarnación de Mezquita en una final del Bancaixa. Pasó todos los rebotes, levantó todos los obuses, entró de "volea", de "bot i braç", de palma al aire, de "carxot", como fuera, con rabia y decisión. Increíble. Era Pedro, sí, ese jugador que hace cuatro o cinco años parecía condenado a una retirada discreta y que ayer selló una partida, una más de esta competición que hubiera firmado Juliet, o el mejor Rovellet. !Pere I el Gran, Rey de Valencia, y, créanme, Zar de las Rusias..!